1

Como es natural, el agua pende del cielo. Así que la vida se va en armar escaleras para alcanzar su caudal. Con dificultad uno desprende las esferas de agua, ellas luchan con nosotros; en realidad no les gusta descender. Tenemos que enviar a los más fuertes para desprender el agua suficiente que riegue los sembradíos. El agua ríe de nuestros intentos, y sus risas acompañan nuestras vidas. 

2

Una olla de humo era la casa del quien creía en la oscuridad. Aspiraba ese humo que coloreaba su mirada. A solo unos centímetros arriba, incluso si levantaba las manos, estaba la orilla de la olla, con solo dirigir sus manos hacia arriba podría salir de su encierro. 

3

El manzano jaló su cuerpo y lo dejó como fruto colgante hasta que los gritos y la angustia cesaron. Poco a poco él ha mutado de forma. Sus brazos de savia ahora se balancean en espera de otro cuerpo a quién tomar. Huimos de él. Así que por el momento, se dedica a lanzar manzanas a tal velocidad, que golpea a los distraídos que pasan por allí.

4

La única forma de salvar a quien amaba era en su memoria. Ese espacio mental era el único lugar libre de su presencia. Ahora dos figuras deambulan en el mundo. Una a salvo;  la otra se destruye a sí misma. 

5

Las ideas se tejían en su cráneo. Era difícil convencerle de parar. Apresuraba la aguja, tejía su cuerpo con frases que terminaron cárdenas de tanto entrar la aguja y salir. Nunca se dio cuenta de que se había vaciado de sangre y temperatura. Era más importante el lenguaje que del cismo de la carne.

6

Como el amor era su único oficio, sus ojos se convirtieron en minerales celestes. Las palabras andaban suavemente hasta llegar a él. Se sentaban en sus piernas en espera de ser elegidas. Y él las tomaba con ternura, se abría el pecho y aún adentro, seguían vivas. Cuando él ascendía la montaña brotaban de sus manos. Allí se reproducían frente a sus ojos hasta que él tomaba nota y escribía un nuevo poema con esa -tanta- vida.

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