Antonio Rodríguez se llamaba, y era vendedor de periódicos. Tenía su puesto en la esquina de las calles de Victoria y Padre Flores, entre el templo de San Esteban y el antiguo Hotel Arizpe. Ahí acudía cotidianamente una clientela fiel a pedirle su periódico. Y Toño La Bola sabía sin equivocarse nunca cuál era el periódico de cada quién.

¿Cuántos años estuvo en su puesto? Todos, me parece a mí. Era más, muchísimo más, que un papelero. Los directores de los diarios saltillenses iban a pedirle su consejo. “¿Por qué mi periódico se está vendiendo menos?”. “Es que, perdone usted, se ve rete vendido”…

Era parte de la ciudad Toño La Bola, figura entrañable del paisaje urbano. Larga vida vivió, ejemplar vida. Su magisterio fue el trabajo, al que no faltaba nunca, con sol o nieve, lloviera, tronara o relampagueara, como dicen.

Ahora que La Bola falta la calle de Victoria es un poco menos la calle de Victoria, y la ciudad es un poco menos la ciudad. Personas como él, personajes como él, son los que le dan a Saltillo su personalidad. Gracias a Antonio Rodríguez Martínez por haber sido. Gracias a La Bola por haber vivido.

¡Hasta mañana!...