En cosas de sexo lo que natura no da, Salamanca sí presta, y don Chinguetas suplía con maña lo que le negaba la perdida juventud
catónTodos los jueves don Chinguetas se ausentaba de su casa de 9 a 11 de la noche. Le decía a su esposa, doña Macalota, que iba a la junta semanal del Club de Fans de Amelita Galli-Curci. Mentira, vil mentira. No era socio de esa fraternidad de admiradores de la célebre soprano, que además sesiona los martes, no los jueves. Lo que en verdad hacía era ir a visitar a cierta dama de frondoso cuerpo que por dos horas le brindaba lo mejor de su extenso repertorio erótico. Debo decir que don Chinguetas no podía corresponder a los empeños de su amiga. Estaba ya bastante entrado en años, y no disponía de las miríficas aguas de Saltillo, un centilitro de las cuales habría bastado para poner al mismísimo Matusalén en aptitud de levantar el pendón de su varonía. Así, el inerme galán debía recurrir a otros expedientes. En cosas de sexo lo que natura no da, Salamanca sí presta, y don Chinguetas suplía con experiencia y maña aquello que le negaba la perdida juventud. Eso explica el suceso que le aconteció el pasado jueves. Llegó al edificio donde vivía su musa semanal y se halló con la ingrata novedad de que el elevador estaba fuera de servicio. El departamento de la señora se hallaba en el quinto piso; había que subir 10 tramos de escalera para llegar a él. En circunstancias ordinarias don Chinguetas se habría arredrado, pero ese jueves lo poseía una cachondez mayor que en otras ocasiones, de modo que impulsado por el amoroso rijo se decidió a escalar aquel empinado Everest. Lo hizo con lentitud, no fuera a darle algún insulto cardíaco. De cuando en cuando –cada tres peldaños– se detenía a cobrar aliento. Media hora después de haber iniciado el ascenso llegó por fin a la anhelada meta echando el bofe. Antes de llamar a la puerta de la dama se secó el copioso sudor que le perlaba el rostro y se compuso la desordenada ropa. Luego oprimió el timbre. Salió de inmediato la señora, que lo esperaba ya. Exclamó don Chinguetas respirando con agitación: “¡Vengo con la lengua de fuera!”. “No comas ansias, papito –le dijo la mujer–. Primero vamos a tomarnos una copa”. (No le entendí)… Claretino, joven deportista, tuvo la desgracia de perder las pompas en un accidente lamentable. Sintió mucho esa pérdida, pues aunque no las veía nunca sentía por ellas gran aprecio, y ahora que le faltaban experimentaba un enorme vacío. A los pocos días el médico que lo atendió le dio una magnífica noticia. Le dijo: “Podemos hacerle un trasplante de pompas con muchas posibilidades de éxito. Debo informarle, sin embargo, que las únicas que tenemos en existencia pertenecieron a una mujer afroamericana que antes de pasar a mejor vida las donó a la ciencia médica. Usted es muy blanco, y con esas pompas se verá algo raro, por decir lo menos”. “¡Póngamelas, doctor! –clamó desesperado el infeliz–. El color no me importa: soy de ideas liberales. Lo que quiero es poder sentarme bien; llenar los pantalones”. Procedió el facultativo, pues, a hacer el trasplante susodicho. La intervención fue afortunada: a pesar de la diferencia cromática las pompas pegaron bien, y unos días después Claretino fue dado de alta luciendo muy orgulloso su flamantísimo trasero. Poco tiempo después el médico lo llamó por teléfono y le preguntó: “¿Cómo le ha ido con sus nuevas pompas?”. “Perfectamente bien, doctor –respondió feliz Claretino–. Ando muy a gusto con ellas. Claro, en el baño de vapor llaman mucho la atención. Mis amigos me hacen chunga por ellas. Algunos hasta me las agarran”. “¿Cómo es posible? –se escandalizó el doctor–. Y usted ¿qué hace?”. “Los dejo que agarren –contestó Claretino–. Al cabo que ni mías son”… FIN.