El Quijote II, 55

 

Agobiado de tanta hambre como le hacen pasar, supuestamente para cuidar bien de su salud, Sancho Panza renuncia a continuar como gobernador de la Ínsula Barataria. Y regresa a la casa de los Duques para encontrarse de nuevo con don Quijote.

Ya de noche, en el camino, Sancho y su jumento caen en una oscura y profunda sima. El escudero cree que sin posibilidad de ser visto ni oído y por no encontrar cómo salir de esa caverna, él y su asno hallarán ahí la muerte.

Al amanecer, descubre Sancho a un lado de la sima un agujero por el cual se introduce, y empieza a dar grandes voces pidiendo ayuda. Para su buena suerte, en ese momento pasa por ahí don Quijote, quien lo alcanza a oír. Y pensando que es Sancho va al castillo de los Duques de donde “llevaron sogas y maromas, y a costa de mucha gente y de mucho trabajo sacaron al rucio y a Sancho Panza de aquellas tinieblas a la luz del día”. Un estudiante que observa la escena comenta:

“- De esta manera habían de salir de sus gobiernos todos los malos gobernadores, como sale este pecador del profundo del abismo: muerto de hambre, descolorido…”

En respuesta, Sancho comenta: “Ocho días o diez ha, hermano murmurador, que entré a gobernar la ínsula que me dieron, en los cuales no me vi harto de pan siquiera una hora…no merecía yo, a mi parecer, salir de esta manera; …Dios sabe lo mejor y lo que está bien a cada uno; y cual el tiempo, tal el tiento; y NADIE DIGA ‘DESTA AGUA NO BEBERÉ’”.

Este proverbio, que una sola vez aparece en El Quijote, advierte que lo que sucede a uno le puede suceder a cualquiera, pues nadie absolutamente está exento de caer en el error o en la tentación.

De manera más completa, en tiempos de Cervantes este refrán decía: “Nadie diga de esta agua no beberé por turbia que esté”.