Ilustración: Vanguardia/Alejandro Medina
Galia Moss es la primera mexicana y latinoamericana en cruzar el Océano Atlántico a vela en solitario. Partió de España para arribar, 41 días después, a México
No he experimentado estar tanto tiempo sola, pero creo que me hará bien, para mí, la soledad en el océano no es soledad, yo platico con él y de sólo escuchar puedo saber a qué velocidad voy”.
Galia Moss, velerista.

Para mi hija Mony: siempre navega por tus sueños,
aun cuando te parezcan imposibles.
Vencerás. ¡Felicidades por tu cumpleaños!

“A los 24 años de edad conoce el deporte del velerismo. A partir de entonces su sueño se convirtió en cruzar el Océano Atlántico a vela en solitario. Después de siete años tomando cursos teóricos y prácticos, compitiendo, transportando veleros, entrenando con los mejores veleristas de España y dos años tocando puertas para conseguir patrocinio, logró realizar su sueño, convirtiéndose en la primera mexicana y latinoamericana en cruzar el Océano Atlántico a vela en solitario, uniendo su travesía a una causa social para lograr 688 viviendas para familias mexicana”.

Me refiero a la primera mexicana y latinoamericana en cruzar el Océano Atlántico a vela en solitario. Partió de España para arribar, 41 días después, a Xcaret, México.

Galia Moss, autora del libro “Navegando un Sueño”, donde narra su experiencia  de navegante esteran, —y cuyo título hoy encabeza esta entrega— , es una mujer fuera de serie como tantas que hacen este país ser grande. Ella, como muchas más, ejemplos e inspiración para la juventud mexicana.

Un día no tan cualquiera

El 25 de abril del 2006, Galia Moss, entonces de 31 años, emprendió un reto inmenso: viajar en solitario, en un pequeño velero –de apenas tres metros de ancho (manga) por casi 10 de largo (eslora) y 13 metros de altura–,   desde el puerto de Vigo en España hasta Cancún, México, una travesía de 9 mil 500 kilómetros a través del Atlántico que le llevaría 41 días de navegación. (https://www.youtube.com/watch?v=AxLuFanYHT4).

Génesis de un sueño

El desafío de Galia Moss – que dicho sea de paso Galia en hebreo quiere decir “ola de mar” y en griego “mar”, - tiene su origen  en 1999, cuando leyó el libro “Maiden Voyage” de  Tania Aebi,  otra mujer que, en 1987, completó en un velero un viaje alrededor del mundo que duró dos años y medio,  empresa que inició cuando tenía  apenas 18 años de edad.
En palabras de la propia Galia: “mi hermana gemela me introdujo en el velerismo y me encontré con el libro de Aebi. Primero pensé que estaba loca esa mujer, de arriesgarse en un velero con el mar, las tormentas, el viento, pero al llegar al quinto capítulo ya estaba segura de hacerlo”; entonces “le llamé a mi hermana gemela y le dije: voy a cruzar el Atlántico”.

Apariencias que engañan

Galia es una pequeña mujer, comparar su complexión física con el tamaño de su desafío es simplemente desproporcionado, pero inclusive en esta realidad hay algo que aprender: lo que hace la diferencia entre lograr o no un reto,  no reside necesariamente en la fuerza física, en la musculatura, sino, más bien, en la determinación, en la persistencia, en el estado que guarda el espíritu. 

Galia al respecto comenta: “se ha demostrado que en largas travesías lo que hace la diferencia es el factor mental, no tanto la fuerza. No he experimentado estar tanto tiempo sola, pero creo que me hará bien, para mí, la soledad en el océano no es soledad, yo platico con él y de sólo escuchar puedo saber a qué velocidad voy”.

Entonces la fuerza, la grandeza de las personas, la posibilidad de alcanzar proezas surge del interior, nace y se desarrolla cuando se deja el miedo de lado, tal como Galia lo atestigua: “no le tengo miedo a nada, el mar no me da miedo sino mucho respeto,  si acaso lo que más me asusta del viaje es la soledad, nunca he estado tanto tiempo sola y supongo que esos ratos servirán para conocerme mejor a mi misma”.

Para las personas que se proponen grandiosos retos, el fracaso no es una opción. No hay desilusión, dado que el llamado “fracaso” no es otra cosa que el subproducto del éxito, porque lo que verdaderamente cuenta es el arrojo, el entusiasmo, el intentar, el mantenerse y en definitiva, disposición total para aprender de las experiencias.

Galia lo expresa extraordinariamente: “hay una cosa muy importante que es la mente. Mi vida entera desde hace siete años es llegar a Cancún, y estar hoy aquí presentando el proyecto y habiendo conseguido el velero, los patrocinios y la confianza de la gente es mi ya es un éxito. En un proyecto como este -y en la vida- todo puede pasar. He tenido muchos aprendizajes, no los llamo fracasos, les llamo aprendizaje”.

En la vida todo puede pasar. He tenido muchos aprendizajes, no los llamo fracasos, les llamo aprendizaje”.

Sobre emprender

Y vaya que Galia define muy bien el concepto de emprendedor: “es una persona que no se impone límites y que sí conoce sus alcances, que busca soluciones a las dificultades a las que se enfrenta y que crea estrategias para superarse. 

Hoy, cualquiera alrededor del mundo tiene los mismos retos. Por eso no se vale quejarse de las circunstancias nacionales y pretender que no hay oportunidades, ya que éstas se encuentran si se buscan, no aparecen por arte de magia. Las puertas sólo se abren si se tocan hasta que haya una respuesta”.

Galia y Savater

Irremediablemente al enterarme del reto de Galia me vino a la mente un pasaje del libro “Etica para Amador” de Fernando Savater, en donde le pregunta a su hijo: “¿Sabes cuál es la única obligación que tenemos en la vida? Pues no ser imbéciles. Y luego explica: imbécil viene del latín “baculus”, que significa bastón: el imbécil es el que necesita bastón para caminar”, pero aclara “el bastón al que nos referimos no es el que se usa muy legítimamente para ayudar a sostenerse y dar pasitos a un cuerpo quebrantado por algún accidente o por la edad. El imbécil puede ser lo ágil que quiera y dar brincos como gacela olímpica, no se trata de eso. Si el imbécil cojea no es de los pies, sino del ánimo: es su espíritu el debilucho y cojitranco, aunque su cuerpo pegue una volteretas de órdago.

Y comento esto porque verdaderamente somos imbéciles -  que tampoco tiene que ver con ser “tonto” - cuando evitamos alcanzar nuestros sueños, cuando – como apunta Savater – “creemos que no queremos nada, cuando decimos que todo nos da igual; cuando creemos que todo lo queremos: lo que tenemos y lo contrario de lo que tenemos; cuando ni siquiera sabemos lo que queremos ni nos molestamos por saberlo; cuando sabemos lo que queremos, pero lo deseamos suavecito, sin sudor, sin lágrimas y cuando queremos con fuerza, pero nos hemos engañado a nosotros mismos sobre lo que es la realidad”.

Todas estas maneras de ser,  finalmente requieren de apoyo externo,  de un bastón, pues se basan en las ideas de los otros, reclaman esclavitud al no hacer lo que se debe de hacer, se vive en las excusas – culpar a los demás por las desgracias propias -, se es cómplice de una manera de existir que depende del qué dirán al estar en función del fantasma anónimo que determina lo correcto de lo incorrecto, la moda, el significado él éxito y del fracaso. 

 No perdona

Hay que emprender los sueños, en contra de todo y de todos, antes de que sea demasiado tarde, antes de que los vientos dejen de soplar, antes de que la misma edad determine lo que es estúpido, o imposible, o una utopía. Antes de que esos sueños se contaminen con las críticas de los envidiosos, mediocres o de los que temen navegar en solitario.

Tal vez lo peor que le puede pasar a un ser humano es atentar contra su propia libertad, situación fácil de lograr cuando no se ama a nadie, ni se deja ser amado, cuando no se arriesga nada, no se cree nada, no se vive por nada, ni por nadie, cuando no se tiene conciencia, cuando los sueños empiezan a ser eso: solamente sueños. También cuando no se sabe renunciar a lo que no era.

La costa de Galia

Galia nos enseña que para navegar los sueños no hay atajos, sino solo la responsabilidad de asumir los actos, de ser libres, de tomar el timón de la propia existencia para llegar a la costa seleccionada asumiendo todos los riesgos, encantos y desencantos, que implica toda odisea, sobretodo la de saber vivir bien. Humanamente. Vivir “navegando por un sueño”.
 Benditas todas las mujeres que mecen la cuna de su hogar para que México sea un país navegante de sueños, incluyente, amable y, sobre todo, siempre hospitalito. 
(https://www.youtube.com/watch?v=Xj8qQbiRBBI

Programa emprendedor Tec de Monterrey Campus Saltillo
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