Los saltillenses somos gente de tradiciones. O quizás, más que de tradiciones, de usos y costumbres, de ritos familiares. Muchos de esos ritos, especialmente los relativos al arte de la cocina, se practican sin saber a ciencia cierta sus orígenes porque resultan difíciles de ubicar en el tiempo o la época en que se generaron y sólo sabemos que perviven en las familias a través de una y otra generación. Muchos platillos, por ejemplo, se hacen “como lo hacían en casa de mi abuela” o “como lo hacía mi mamá” o mi suegra o la tía fulanita, zutanita o menganita. Seguramente, aquellas abuelas, mamás, suegras y tías también habían dicho que lo aprendieron de sus antecesoras.
 
Algunos ritos y costumbres saltillenses sí se han perdido en el tiempo. Ya no se hace, por ejemplo, el “tru-tru” y la “cajeta” que anunciaban antes en las ventanas de las casas, junto al aviso “Este hogar es católico”. Ya no se sabe ni qué es el “tru-trú” y la cajeta –en el resto del País se llama “ate”– se industrializó y se comercia en los supermercados y algunos negocios especializados, desplazando a aquellas sabrosísimas cajetas caseras, hechas con el membrillo, el perón o la manzana de la región. Entre otras consecuencias, esta industrialización hizo desaparecer de las mesas saltillenses la jalea de membrillo, esa conserva incomparablemente roja, transparente, agridulce, que salía del corazón de la fruta y el agua donde se hizo su cocimiento, y que conquistaba el paladar más exigente, ya fuera untada en un pan tostado o acompañando al pavo o la pierna de puerco tradicionales de la temporada navideña.
 
El paso del tiempo ha modificado también las prácticas usuales en las cocinas de la ciudad. Antes, desde los últimos días de noviembre, las habilidosas mujeres se daban a la tarea de realizar viejos ritos culinarios echando mano de las recetas transmitidas de generación en generación, y cuyo producto final hacía las delicias de chicos y grandes en las fiestas de Navidad. Así, al mismo tiempo que iniciaban a las mujeres más jóvenes, aquellas manos preparaban y aderezaban verdaderos manjares caseros. Primero el delicioso pastel de frutas para darle tiempo de “madurar” y envinarlo un día sí y otro también. 
 
Los buñuelos, que se desbaratan de sólo mirarlos; la nogada (si era de piloncillo, mejor), los cuernitos de nuez, los polvorones, la pasta flora y la repostería tradicional; los quesos de nuez, de piñón y de almendra; las manzanitas de amor, los rollos de nuez y los “chismes” envueltos en papel de china de colores rojo y verde, y tantos otros dulces de la temporada. Ahora, la mayoría de ellos se compra o se han cambiado por otros diferentes.
 
Se dice que los olores constituyen una parte muy importante de los recuerdos porque el olfato es un sentido primario y deja la huella más profunda. En mi casa materna, los olores de la Navidad llegaban desde los últimos días de noviembre. Recuerdo con enorme gratitud aquellas tardes en las que acudían a mi casa las tías Virginia y Elisa a preparar el tradicional pastel de frutas con mi madre. Con ellas llegaba a la casa el olor de la Navidad. Cada tarde subsecuente se preparaba la repostería y los dulces para las fiestas decembrinas. En este ritual participábamos todas las mujeres de la casa, chicas y grandes, con el resultado, al final más importante que la misma elaboración de lo que se cocinaba, de una convivencia muy especial en la que todas aprendíamos de todas y la relación familiar se fortalecía enormemente.
 
Hoy podemos construir y sostener una relación familiar de otra manera, no exclusivamente entre mujeres ni necesariamente en la cocina para hornear pasteles y repostería o elaborar dulces y conservas, pero sí, y siempre, con la mira de fomentar la convivencia entre los miembros de la familia. Le aseguro que es muy gratificante