Esta vez fue en El Paso, Patrick Crusius de veintiún años, residente de Allen, suburbio al norte de Dallas. A sangre fría, asesinó a veintiún personas e hirió a otras veintiséis. Publicó un manifiesto racista en el que ataca a la población hispana, se declara admirador de Donald Trump y de sus políticas anti inmigrante. Crusius salió ileso, fue detenido por la policía local y le espera un juicio que, por ser en Texas, muy probablemente terminará con una sentencia de pena capital.

Este asesinato masivo se suma a muchos otros actos terroristas de los supremacistas anglosajones en Estados Unidos. Recordemos la horrenda huella que dejó en 1995, Timothy Mcveigh en Oklahoma, quien colocara una bomba en un edificio público. Con esa acción asesinó a ciento sesenta y ocho personas e hirió a más de seiscientos cincuenta.

En Dayton, Ohio, Connor Betts de veinticuatro años, residente en Bellbrook, en el mismo Estado asesinó a nueve e hirió a veintidós más, entre las víctimas fatales se encuentra su hermana Megan. Es preciso saber que, ideológicamente, Betts se ubica en el otro extremo opuesto, como ferviente seguidor del ala radical del partido demócrata. Ha votado en sus primarias y apoyado a personajes de ese partido.

¿Estos asesinos son representativos de los principales partidos en Estados Unidos?, ¿Acaso representan alguna corriente mayoritaria o pequeña de la opinión pública del vecino país? Por supuesto que no. Son minoría como los asesinos de origen mexicano o centro americano, que después de migrar ilegalmente a Estados Unidos, violaron a una niña o a una mujer y las asesinaron, como los terroristas islámicos que han atacado a gente inocente en Nueva York, Londres o Madrid.

Estamos obligados a reflexionar para comprender estos actos de violencia y poder actuar en consecuencia.

Hacer un perfil de todo un pueblo, basándose en los actos homicidas de unos pocos, es absurdo y ridículo. Ningún pueblo saldría bien librado. Al fin de cuentas, todos formamos parte de la raza humana y en ella ha habido, hay y habrá de todo, buenos, no tan buenos y malos, sin que importe el rasero que utilicemos para medir. Sirvan estas tragedias como duras lecciones para la sociedad y hagamos algo al respecto en honor de las víctimas.

Que los políticos o líderes de opinión moderen su tono y sus palabras, por qué la permanente confrontación, la tendencia a privilegiar el desacuerdo y el conflicto. Deben entender que sus acciones y palabras tienen efecto en sus seguidores, y que entre ellos se encuentran personas incapaces de controlar sus impulsos.

También es el momento de entender el origen de estos problemas. Qué llevó al asesino a actuar como lo hizo. La facilidad con que pueden conseguirse armas en territorio estadounidense no explica el impulso homicida. Las armas por sí mismas no matan, requieren de una persona con la predisposición mental para hacerlo. ¿Por qué y para qué?

Twitter:@chuyramirezr