Cinco años había durado ya el noviazgo de Glafira, y su novio no daba trazas de formalizar la relación. Le preguntó ella: “Remisio: ¿cuándo vas a pedir mi mano?”. “Uh no –replicó el moroso galán-. La mano para qué la quiero”
 Don Cucoldo pasó a mejor vida, y su hijo lloraba gemebundo la sensible pérdida. Su mamá lo consoló: “No llores, hijo. A lo mejor ni era tu papá”
 El israelita de los tiempos bíblicos creyó no haber oído bien. Le preguntó al Señor: “¿Que a los árabes les vas a dar el petróleo y nosotros tendremos que cortarnos la puntita de la qué?”
 Por muchos años profesé la cátedra de Teoría del Estado en la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Coahuila, hasta que sin darme cuenta pasé de la edad de la pasión a la edad de la pensión. Enseñé entonces a mis estudiantes que el Estado de Derecho se finca en buena parte en el derecho del Estado. Con eso les quería decir que el Estado tiene el monopolio de la fuerza para aplicar la ley en todo su territorio. Esa aplicación deriva de la ley misma, y no está sujeta a la aprobación o desaprobación de las personas que forman parte del Estado. Jalemos por los pies a esa teoría –toda teoría debe tener pies y cabeza- y traigámosla al campo de la presente realidad. Ni cabeza ni pies tiene la consulta popular promovida por López Obrador para que el pueblo bueno y sabio determine si se debe procesar o no a los cinco ex Presidentes que antecedieron en el cargo al tabasqueño. Su propuesta es demagogia pura, una más de sus engañifas para distraer a la gente del desastre en que se ha convertido la llamada 4T. Desastre en el campo de la salud, de la economía, de la seguridad. Desastre en la administración –eso de “administración” es un decir-, como lo muestran las numerosas renuncias que le han sido presentadas. Aun así no creo que el Presidente deba añadir la suya a esas renuncias. Pienso que en ese caso el remedio sería peor que la enfermedad. Por eso no auguro ni permanencia ni éxito a la desmañada protesta de las tiendas de campaña. Hay que ponerle, sí, frenos y contrapesos a AMLO; limitar su caprichosa voluntad absolutista; impedir que su régimen siga siendo amenaza a la libertad, al ejercicio democrático, al buen gobierno. La oportunidad de lograrlo se presentará en las elecciones del 2021. En eso deberían trabajar desde ahora los opositores de López Obrador: en formar conciencia entre los ciudadanos, especialmente entre aquéllos que por su pobreza están más sujetos al populismo del Presidente actual. Hacerles ver los graves daños que su régimen está causando a México, y que no pueden achacarse a la epidemia ni a fenómenos globales, sino a los errores del mandatario. Lo de las carpas puede servir para mostrar la irritación de un sector representativo de la clase media ante los males que derivan de la evidente ineptitud oficial, pero esos males seguirán en aumento mientras AMLO no tenga frente a sí una oposición eficaz que lo contenga y lo haga ir por cauces de mesura personal y de respeto a la legalidad. Si Morena -esto es decir si López Obrador- gana la elección del próximo año el país vivirá tiempos aún peores que los actuales. Desde ahora hay que decirlo: un voto por Morena en el 2021 será un voto contra México
 Dulcilí le contó a su amiga Susiflor: “Mi abuelita tiene 90 años. Vive con nosotros, y nos preocupaba ver que bajaba del segundo piso deslizándose como una niña por el barandal de la escalera. Para quitarle esa costumbre enredamos alambre de púas en el barandal”. “Y ya no baja por él, naturalmente” –dijo Susiflor. “Sigue bajando –replicó Dulcilí-, pero ahora más despacito”
 FIN.

Catón
DE POLÍTICA Y COSAS PEORES

Catón

Columna: De política y cosas peores