El priismo coahuilense fue el último reducto que le quedó al cucaracherío tras la tremenda fumigada del primero de julio

Cada año, la redacción de VANGUARDIA realiza un ejercicio –igual que yo que me ejercito puntualmente cada año– en el que enlista a los 50 políticos más prominentes del Estado de acuerdo con su popularidad, capital político, influencia, perspectivas y potencial de crecimiento o peso específico dentro de la administración local o federal.

Este año no fue la excepción y hace unos días se publicó dicho “top”.

La novedad es que esta entrega se realizó por vez primera luego del tsunami amloísta de la pasada elección presidencial, mismo que dejó reducido como tercera fuerza política nacional al partido que históricamente ha regido el destino de esta comarca, el infausto tricolor, el “RIP”.

Ni siquiera el resquebrajamiento y posterior derrumbe del moreirato dejó tan disminuido al PRI coahuilense, cosa que no habla bien del partido, sino pésimamente de nosotros, quienes como ciudadanos somos unos ratoncitos, 
medrosos y totalmente inermes frente a los gatos que ya se chingaron no sólo nuestro  queso, sino todo lo que había en el refri, la alacena y hasta la tarjeta de crédito la dejaron hasta la madre –y aún así, pinches bancos les siguen soltando más líneas de crédito ¡claro, si el negocio es redondo!

El caso es que ni los reiterados escándalos por desvío de recursos y corrupción, la evidente manipulación electoral, el desfalco y la persecución de nuestros aún influyentes exgobernantes por autoridades extranjeras, nada nos ha fustigado lo suficiente como para que los coahuilenses arrebatemos el control político –aunque sea temporalmente– a esa caterva de malparidos para otorgárselo a quien sea, al que vaya pasando, pero a alguien más, con tal de que ello nos abra una oportunidad de medio organizarnos para comenzar a reconstruirnos. ¡Nada! Su hegemonía es total.

Tuvo que ser la fuerza morenista, cimentada en el arrastre del “Rayo Macuspano”, la ola que deslavara un poco la geografía política local, aunque no resultó suficiente por desgracia para arrasarla como ocurrió en otras latitudes de la República.

De hecho, el priismo coahuilense fue el último reducto que le quedó al cucaracherío tras la tremenda fumigada previa y posterior al primero de julio. No por nada, su candidato, el amigo Pepe Meade, aunque por puro formulismo protocolario, vino a cerrar campaña a estas tierras que de relevancia política nacional tienen absolutamente nada, mientras que el futuro presidente lo hacía en el centro emocional del sistema nervioso del mexicano: el Estadio Azteca.

Así que, después de semejante crecida de la marea, ¿con qué hacer el especial anual “Los 50 Políticos Más Poderosos de Coahuila”, si todo lo que quedó en la playa son conchitas, guijarros, aguamalas y mucha, mucha basura: pañales, pelotas ponchadas, condones usados, etcétera?

De hecho hablar de políticos poderosos me parece hacerles mucho favor, quizás “políticos supervivientes” sería lo más adecuado y 50… Tal vez completaríamos quince con grandes dificultades.

Y aclaro, no es que el ejercicio esté mal hecho. Es simple y sencillamente que  no hay masa de dónde completar un triste sope. ¡En menudo aprieto se metió la redacción de esta casa editorial con su edición 2019 de este recuento!

Para variar y no perder la costumbre, la lista la encabeza el gobernador en turno, hoy por hoy Miguel Riquelme, repudiado de origen, desde la elección que su partido se robó y de tiempo atrás. No habíamos tenido un titular del Palacio Rosa tan pálido desde el finado Jorge Torres –¡ah, perdón! Me informan que Torres está vivo en alguna cárcel por ahí.

Riquelme, sin embargo, no acaba de declararse autónomo del poder que lo sentó en el trono cuando ya se le cuadró a la “4T” a ver si ésta le da la ansiada legitimidad. Súmele a todo ello el contrapeso sorpresa que el Gobierno federal les había reservado a los gobernadores con la creación de la figura del súperdelegado, cargo que en Coahuila ostenta un mítico señor de nombre “Virreyes” Flores –número cinco de la lista.

Con todo lo disminuido del presente mandatario estatal, nada le ha obstado para que continúe con el enjuague financiero que sólo alimenta la “megadeuda” y nos escamotea más y más millones de pesos mientras se ahonda todavía más el hoyo en que nos han metido los muy sátrapas.

Y es Riquelme,  con todas sus fallas, omisiones y ausencia de liderazgo, el número uno de la lista, el mandamás, el de hasta arriba, el gran jefe patatas fritas, el mero mero sabor ranchero, el “nómber guan” –el Smitty Werben Man Jensen–, el Hombre, el “Non-Pelustra” y de allí pa’ bajo, todo es “infeliciaje” para decirlo en los llanos términos de mi compadre Pepe.

Y no obstante algunos de los que conforman el listado cayeron mejor parados por haberse sabido subir a tiempo a la neo-cargada de la “4T”, o por haber podido refrendarse con alguna victoria electoral, se ve muy lejano el día en el que “poder” vuelva a ser una palabra con significado en nuestra entidad.

No es que la caballada esté flaca, es que el rancho fue asaltado, saqueado, quemado, hipotecado y luego arrasado por la venida del mesías que anunciaban las profecías.

¿Cincuenta políticos poderosos? Cincuenta náufragos será, algunos mejor agarrados de la tabla pero todos a la deriva en el mismo mar de incertidumbre.

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