Siempre los extremos son muy peligrosos. Hace más de 50 años la disciplina era muy rígida y hasta física. ¿Quiénes de nosotros (adultos un poco mayores) no vivimos el pellizco, la nalgada, estirar la patilla o hasta recibir cintarazos? Creo que la mayoría. Ahora el respeto a los niños es algo que nadie puede contradecir. Sin embargo, vivimos el extremo donde no padecen pequeñas consecuencias de sus malas decisiones. Aún más, muchos padres y maestros tienen miedo de imponer pequeñas correcciones. Antes se vivía una autocracia y hoy anarquía en los estilos parentales. “Ni muy muy, pero ni tan tan” es una expresión verdadera que advierte que tenemos que tener mucho cuidado con los excesos de ambos lados.

En mis clases observo una gran cantidad de extremos, alumnos muy perfeccionistas y hasta obsesivos para cumplir con sus tareas llegando a niveles extremos de estrés y ansiedad. Tengo una alumna que constantemente arranca las hojas cuando toma apuntes en clase, y el motivo es porque una letra le salió fea. Otras alumnas no terminan sus exámenes porque constantemente borran completamente toda la respuesta porque hubo una pequeña mancha. Obtienen un 95 de calificación y reaccionan muy dramáticamente hasta llegar a la depresión. En cambio, otros alumnos son abúlicos (poco esfuerzo y mucha apatía). Dejan sus tareas y responsabilidades hasta el último momento. Entregan trabajos sin grapar, sin nombre, incompletos y sucios. Para ellos entregar un trabajo es suficiente para cumplir con su obligación. Todo extremo es malo.

Hace unos días leí una investigación con respecto al uso de la tecnología en chicos de 11 a 17 años. Descubrí que el no tener acceso a una pantalla o estar más de tres horas al día tienen el mismo nivel de ansiedad y depresión entre los adolescentes. Por algunos años pensaba que el exceso de tecnología tenía implicaciones negativas en la salud mental de nuestros hijos, pero este estudio nos comunica que su privación también tiene sus repercusiones negativas. Los puntos más bajos de ansiedad y depresión son los muchachos que usan la tecnología entre una y dos horas diarias. A partir de cuatro horas diarias de uso de la tecnología se observa un incremento muy peligroso hasta llegar a un 30 por ciento de adolescentes con depresión y ansiedad al usarla siete o más horas. Es muy interesante observar en el estudio que el 10 por ciento de los chicos entre 11 a 17 años que no tienen acceso a la tecnología presentarán el mismo nivel de ansiedad y depresión que los adolescentes que la usan tres horas diarias.

No podemos prohibir el acceso a la tecnología, pero tampoco podemos permitir que se la pasen todo el día enfrente de una pantalla. La Academia Americana de Pediatría publicó un estudio hace tres años alertando sobre las consecuencias negativas al abuso del mundo digital. Pero también no podemos negarles su acceso: “Ni muy muy, pero ni tan tan”. Debemos ser modelo y ejemplo de una vida equilibrada y saludable. Ustedes me podrán decir que prefieren un hijo perfeccionista o que no le interesa nada la tecnología, claro que tiene sus ventajas, pero también tiene sus repercusiones emocionales y de adaptación social como el alto riesgo de padecer trastornos de salud mental como estrés, ansiedad, ideación suicida, depresión, soledad o abulia. La salud de ellos está en nuestras manos, hagamos una vida balanceada y desarrollemos en ellos la autorregulación.

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