Básicamente, la función primordial del Presidente de la República es mantener la moral del País en óptimas condiciones, lo que se logra por tres vertientes fundamentales: 1.- Proporcionar diariamente material para chistes y chascarrillos (inmolarse si es necesario en nombre de la risa y el humorismo). 2.- Encabezar las celebraciones del 16 de Septiembre, que es la única borrachera que podemos agarrar en el año con la aquiescencia de los Padres de la Patria y 3.- Tácitamente, sin admitirlo de ninguna manera, cargar -que no asumir- con la responsabilidad de todo lo malo que acontezca, nos haya pasado o nos llegue a ocurrir jamás.

En este sentido, el ahora muy llorado, Quique Peña Nieto, fue un todo  prócer que honró a la investidura como muy pocos de cuantos le precedieron (se dice que el trigésimo Presidente de México, José Ignacio Pavón, era más torpe, ocurrente y más gracioso en suma que EPN, pero por desgracia sólo lo tuvimos dos días en el cargo, del 13 al 15 de agosto de 1860).

Los expresidentes, Vicente Fox y Felipe Calderón, también nos largan esporádicos disparos de alegría y bueno humor, cual versiones antropomórficas de la Carabina de Ambrosio, pese a que ya cumplieron cabalmente en este sentido su deber para con la Nación.

Pero la verdad es que ninguno de nuestros insignes mandatarios del pasado nos pudo preparar para el humor eminentemente dadaísta, tan absurdo y a lo Monty Python, que prevalece en el presente sexenio.

Nos acabamos de soplar el tercer informe presidencial de la 4T y eso que apenas vamos en el noveno mes de su gestión"

El Presidente de la República, interpretado por el supercomediante, Andrés Manuel López, tiene desde hace años polarizada a la opinión pública (no hay anda nuevo en decir esto) y pone todos los días a prueba la capacidad de sus simpatizantes para defender su causa, lo mismo que reta la entereza de sus malquerientes, que ya no encuentran maneras creativas de plañir porque la llamada 4T nomás no les acomoda.

No me las voy a dar de sabio salomónico, ni soy ejemplo de equilibrio o ecuanimidad. Lo digo muy honestamente cuando afirmo que no sé cuál versión de mis congéneres me exige más templanza y fuerza de voluntad, si los que se niegan a ver cómo a la 4T, entre los dislates de su líder supremo y los yerros/trapacerías de su equipo, están dejando ir una oportunidad única de reformar al País, o aquellos que no dan los buenos días cuando ya están chillando, como si enfrentásemos de verdad lo desconocido y no hubiésemos visto como cada Presidente anterior echaba al retrete su chance de enmendar el rumbo y enderezar la nave.

“¡Pero es que ellos nos prometieron que eran diferentes, que iban a acabar con la corrupción y a detonar el desarrollo!”, dicen

¡Por eso! ¿Y a poco los anteriores fueron más conservadores con sus promesas? Los mismos contendientes de AMLO en la pasada elección, ¿acaso alguno ofreció solapar las corruptelas, alimentar la impunidad o estancar el crecimiento económico? Lo que se ofrece siempre, siempre es irreal.

Mire, lo que en resumen intento decirle es: ¿Desmadre? ¡Sí lo es! ¿Desconocido? ¡No invente!

Este pronunciamiento me hace quedar mal con ambos bandos. Recibo rechifla doble, pero es cosa que a estas alturas de mi vida me anda viniendo como que muy holgada. Intentaré mejor divertirme con unos y con otros.

Nos acabamos de soplar el tercer informe presidencial de la 4T y eso que apenas vamos en el noveno mes de su gestión (¡eso chingón!). Yo creo que el siniestro plan de AMLO es que perdamos la cuenta y en su quinto año, cuando ya vaya en su vigésimo quinto informe, hacerse soberanamente menso, “olvidar” convocar a elecciones y seguirse de largo en la Presidencia por tiempo indefinido.

Dicho “informe” fue oportunidad para que los unos y los otros hicieran alarde de sus personales convicciones. La chairiza, ya sabemos, tuvo que reinterpretar el discurso oficial y conciliarlo con la realidad. El prián, como ya nos viene acostumbrando, realizó una divertida y masiva marcha de 47 personas en la CDMX. Para dejar bien claro que el cambio de régimen nomás no les termina de embonar (digo, por si no nos habíamos enterado de que algo no les cayó bien, si van por la vida con cara de estreñimiento).

Hay quienes simplemente no tragan al Peje, ya sea por los prejuicios de su particular ideología partidista o porque sencillamente les parece la persona errónea para el cargo. ¡Perfecto!

Y hay quien votó por él, pero ya se arrepiente o, como se dice “ya le anda” con la cuarta.

A unos y otros, los conmino a todos a que alcen la voz y le exijan seriedad y resultados  al Gobierno del cabecita.

Pero hay otros mexicanos de muy baja estofa, que no es que les preocupe el crecimiento económico de México, o las carencias del IMSS, o el desmantelamiento de importantes programas de asistencia social, ni el nulo apoyo a los deportistas, ni los niños con cáncer que esperan un tratamiento. Son los ardidos a los que sí les sentó la 4T como patada laxativa porque los dejó fuera de la jugada, mismos que gustosos darían un brazo con tal de reestablecer el antiguo status quo, en el que estaban mejor parados.

A esos no les importa usted, ni sus hijos, ni México. Y se les reconoce porque nunca alzaron la voz, como hoy lo hacen, en las pretéritas catástrofes que han precedido a la actual y de las que de hecho ahora desconocen su existencia.

Para ellos no hubo devaluaciones, mega endeudamiento de las finanzas nacionales, enriquecimiento ilícito de un puñado de familias, asentamiento del crimen organizado, no existió el moreirazo, ni la virtual aniquilación de la democracia. A esos nunca los escucho.

Sí, la verdad es que es muy importante criticar, señalar, impugnar y exigir al Gobierno actual. Estar adulándolo no sólo es inútil, sino hasta antipatriótico.

No obstante, el único requisito para alzar la voz es tener un mínimo de jefita, apenas la suficiente para demostrar que no nacimos el primero de diciembre pasado.

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