Los árboles comenzaron a dar sus primeros brotes. Aparecieron decenas de florecillas poblando la atmósfera de cálidos aromas. En el umbral del hogar, uno penetrante, el de la flor de azahar. Mientras las aves, en un trino de esperanza. Ha llegado la primavera, inalterable y ajena a cuanto ocurre en el mundo.

De muy lejos provienen más cantos, son aquellos que resuenan como un eco la voz de cuantos cantaron sus antecesores registrados por el poeta Nezahualcóyotl, y las herederas de aquellas mismas flores:

No acabarán mis flores,

no cesarán mis cantos.

Yo cantor los elevo,

se reparten, se esparcen.

Aun cuando las flores

se marchitan y amarillecen,

serán llevadas allá,

al interior de la casa

del ave de plumas de oro.

Pueblan en estos tiempos, tal como lo dijera en uno de sus poemas Pablo Neruda, ecos y voces nostálgicas. Pero ahora tan vivas al tener frente a sí un maravilloso espectáculo de la naturaleza: verdes en sus distintas tonalidades estallando por aquí y allá; las florecillas del ciruelo y las azucenas, en blancos y rojos que animan el espíritu de la Cuaresma.

Juegos de luces y sombras se posan en el pasillo. Los gatos atisban desde su refugio. Ya habrá un momento en el cual decidirán tomar la calle. A lo lejos, un ocasional ladrido de perros: es la hora de la siesta, y estarán disponibles conforme avancen las horas.

La luz cae sobre una rosa de tono durazno pálido. A ella la acompañan tres, cuatro, oh, no, son cinco más. Y llega entonces un recuerdo y una promesa: “En mi ausencia, compra flores; te las reembolsaré a mi regreso”. Robert Desnos había dicho así a su amada, al momento de partir. Lo apresaban las fuerzas alemanas; pasaría horrorosas horas en los campos de concentración por sus valientes ensayos contra los nazis, y moriría solo ocho días después de haber sido liberado por el ejército ruso en 1945.

La promesa del escritor francés quedó como una de las más bellas en la historia de la poesía y la vida. Hoy, al ver estas rosas, se vuelve vigente día tras día la promesa de alguien no conocido, en una dimensión distinta en el tiempo.

Mariposas blancas cruzan el jardín. Se han apoderado de este pedacito de verde y baten sus alas, estacionándose a ratos en las hojas verdes del rosal. Así, ida y vuelta en el peregrino andar que las llevará a los jardines cercanos.

Es la vida, la naturaleza, la primavera, en plena ebullición. Es la que ahí ha estado y la que ahora nos impele a nuevos retos. Estas palabras de Walt Whitman nos vuelven la vista. Los poetas muertos, como él mismo los llamó, y que nos enseñan el camino. Aquí su voz.

Yo, tranquilo, serenamente plantado ante la naturaleza,

Amo de todo o señor de todo, sereno en medio de las cosas irracionales.

Imbuido como ellas, pasivo, receptivo, y silencioso, también como ellas,

conocedor de que mi ocupación, mi pobreza, mi notoriedad

y mis debilidades son menos importantes de lo que creía

hacia el mar mexicano, en el Manhattan o en el Tennessee, o lejos en el norte o tierra adentro.

Hombre de río u hombre de montes o de granjas de estos estados, ribereño del mar o de los lagos de Canadá.

Yo, dondequiera que viva mi vida, quiero hacer frente a las contingencias

Y encarar la noche, las tormentas, el hambre, el ridículo, los accidentes

Y los rechazos como lo hace el animal.

“No acabarán mis flores / no cesarán mis cantos”. En Nezahualcóyotl, Desnos y Whitman, como hoy, los hombres se unen en una sola voz. La naciente primavera, recordándonos la hermandad de unos y otros en este mundo que ahora, nos dimos cuenta, está cada vez más estrecho en esto que llamamos humanidad.