Ver las situaciones negativas como un reto, un escalón que me hace crecer como ser humano

No lloro… no’más me acuerdo me dijo un amigo,refiriéndose a que los viejos tiempos eran mejores. Estábamos en una reunión un jueves por la tarde y él no había dejado de quejarse: que si el gasolinazo, que si Trump, que si lo de Monterrey, que si el número de pobres está aumentando... y que, ¡para colmo!, se rumorea que viene un recorte de personal. Llegó un momento en que le dije: “Mira, Juan, ya no te quejes. A fuerza de repetirte que la situación va mal terminarás viendo todo con lentes oscuros”.

Me contestó: “¿¡Qué quieres!? ¿O debo hacer la finta de que el mundo es color de rosa? Luego el golpe con las dificultades reales va a ser más duro”. “No, no se trata de que seas ingenuo –le respondí– las cosas negativas existen pero no son las únicas. También estamos rodeados de cosas buenas”. En mi interior saltaron dos preguntas que no le hice: “Juan se queja mucho, pero, ¿qué hace para cambiar, al menos un milímetro, el ambiente que le rodea? Y ¿qué gana simplemente con quejarse?”. Sí, las preocupaciones de mi amigo son del todo legítimas: a cualquier persona le preocupa la situación económica, el bienestar social, el mundo de nuestros jóvenes... Pero, curiosamente, la mayoría de las veces, los que se quejan más son los que menos hacen por cambiar su entorno.

Da la impresión de que las lamentaciones pretenden expresar un conformismo disimulado. Yo siempre me he sentido muy a gusto con esas personas que, sí, ven las dificultades, pero no como algo que les sobrepasa, sino como algo que hay que superar. Personas que luchan a brazo partido por mejorar su entorno. Eso me pasa todos los días en mi trabajo en el colegio Cumbres: hombres y mujeres que desean sembrar en los niños y jóvenes, en el marco de un ambiente bellísimo, lo que significa vivir bien de cara a Dios, de cara a los demás y estando lo mejor preparados posibles. Ya lo decía una frase que encontré en internet: “el hombre auténtico no ve las dificultades sino que las vence”.

Ver las situaciones negativas como un reto, un escalón que –una vez superado– me hace crecer como ser humano. Esto no tiene nada que ver con el conformismo que impide volar más allá de nuestros propios límites. Muchas veces me pregunto qué hubiera sido de nuestra civilización sin las dificultades que la han llevado a progresar, a auto-superarse. ¿Existirían los puentes si nuestros antepasados no se hubieran visto en la necesidad de cruzar los ríos de una rivera a otra? ¿Tendríamos aviones si alguien no hubiera pensado que tres meses para cruzar el Atlántico era demasiado; que tendría que haber una forma de cruzarlo en unas horas? Aún más, ¿cuántos años de retraso tendrían nuestros países de América si el cierre de la ruta a las Indias -por parte de los musulmanes- no hubiese impulsado a Colón a descubrir un nuevo camino? Aprender a ver en los obstáculos, no tanto la cara dolorosa y amarga -que por no verla, no deja de estar allí-, sino aquella cara amable que representa un valiente reto y una invitación a mejorar.

Es cierto que el lado áspero se ve con mayor facilidad, pero hay que hacer el esfuerzo por ver lo bueno a cada situación. Sí, estamos pasando momentos difíciles. Pero, precisamente por eso, tenemos que arrimar el hombro. Yo quiero hacerlo. Espero que tú, que lees estas líneas, también. ¡Y créeme!: no hay gasolinazo ni drama que pueda vencer un corazón que lucha y que, unido a otros muchos, saca lo mejor de sí mismo. ¡Trabajemos con tesón en el presente para saber mirar al mañana con esperanza! México lo merece. Nuestros jóvenes se lo merecen.