No existe un solo pedazo de evidencia material o documental que pruebe la existencia de que un carpintero predicador anduviese realizando milagros y portentos en Jerusalén y sus alrededores hace cerca de dos mil años.

Todo lo que tenemos es la reconstrucción de su hacer y decir en sus últimos días, por gente que ni siquiera le conoció y una biografía “sospechudamente” similar a la de otras deidades ya muy acreditadas para aquel tiempo.

Ahora bien, la falta de evidencia no es prueba axiomática de la no existencia de Jesús, después de todo, no pertenecía Él a una casta privilegiada, no era noble -o sea, noble de nobleza sí, como el Chapulín, pero no de linaje, aunque luego se dice que era descendiente del Rey David, pero si no encontramos pruebas fehacientes de que Jesús caminó sobre la tierra, establecer su genealogía  “ad ovum” nomás para vincular Antiguo y Nuevo Testamento, es un capricho argumental que le daría pena utilizar a Michael Bay en alguna de sus pelis, por forzado y risible-.

Quiero decir que, siendo de una familia judía y pobretona como debió haberlas tantas bajo el yugo romano, y siendo uno de tantos ejecutados en ese indecible calvario, no tendría por qué haber registro de su vida o muerte.

Hasta suena plausible que, a raíz del “revival” de Jesús y su Palabra, algunos años después de su deceso, los fanáticos intentasen escribir su historia y se valieran para esto de las pocas leyendas que conocían y que no eran sino variaciones de un mismo arquetipo mitológico, ya usted sabe: Un elegido nacido alrededor del solsticio de invierno, de madre inmaculada y padre divino, en evento anticipado por un astro, doce discípulos, un legado de milagros, muerte y resurrección al tercer día, etcétera.

Si la biografía que conocemos de don Nazareno estuviese compuesta de puros mitos y falacias muy sobadas ya para su época, aun así, no eliminaría la posibilidad de que tal personaje hubiese andado entre el resto de los mortales, alrededor de la época en que esto se especula, más o menos en la región geográfica que se le atribuye.

Lo que sí, es que tendríamos muy pobre noción de su obra y pensamiento. Le habría pasado a su legado lo que le pasó a su imagen, que fue recompuesta durante la Edad Media por pintores europeos que no sabían dibujar otra cosa que güeros barbones de ojo azul. Razón por la cual, al escuchar el dulce nombre de Yisus H. Cráist se nos viene a la cabeza, como representación mental, el Cristo de las estampitas. Lo anterior por más que uno quiera evitarlo o por más que la ciencia antropológica nos diga que Jesús estuvo, en su fisonomía, más cerca del actor Luis Guzmán que de Jim Caviezel.

Todo eso alimentado por el prejuicio de que bondad es belleza y belleza es -¡claro!- eso que nos dan los filtros de Snapchat: Tez blanca, ojo claro, cero arrugas -¡Prietos no! ¡Qué oso, we!-. Entonces, si Cristo era bueno, ergo era guapo, qué digo guapo, guapísimo, como Calamardo luego de aquel accidente.

Y como resultado de estos sesgos históricos y deducciones simplistas, tenemos a Jeffrey Hunter, uno de los rostros más estilizados que nos haya dado Hollywood, estelarizando la biopic del Salvador titulada “Rey de Reyes”  (Nicholas Ray. 1961).

Pero si bien, es improbable hasta la ridiculez insistir que Jesús era un caucasoide con barba hípster y todo el “fashion Polanco”, tampoco creo que el Cristo de Iztapalapa le haga mucha justicia, y no me eche a la CONAPRED, que no lo digo por racista sino por el acento chilango que no cuida el director de casting, ni el couch de diálogos de esa súper producción anual.

“En verdad que es neta que hoy estarás bien chidote conmigo en el Paraíso”.  O sea, aunque recite bien las líneas, con el sonsonete cantadito del Edomex, uno juraría que más que escuchar la Palabra del Señor es la palabra de Albertano.

Si Jesús existió, no hay registro fidedigno de su apariencia ni de su legado y todo lo que nos queda es especular, pero hasta para ello hay maneras de hacerlo bien, no nomás a lo güey.

Más que al mito divino, tendríamos que atender a las causas históricas de por qué el mismo imperio que lo condenó y ejecutó tendría un posterior interés en rescatar su herencia ideológica y por qué ésta adquirió tales matices filosóficos y metafísicos.

Yo me inclinaría por la tesis del Jesús insurrecto, cuya figura es desvirtuada e irónicamente se le da un giro espiritual, despojándolo del mensaje social para así contener otros levantamientos y grupos descontentos.

El establishment romano habría descafeinado a un líder rebelde convirtiéndolo en un profeta del Reino de los Cielos. Habría hecho lo mismo que el sistema hizo con el rock and roll, que de ser una expresión contestataria de clases oprimidas, una vez que “El Hombre” lo industrializó, lo usó para seguir enajenando y oprimiendo a esas mismas clases explotadas de donde surgió el movimiento.

¿Será ridícula mi postura? Sí, quizás, pero no más ridícula que la noción de Jesús-Enrique Rambal en “El Mártir del Calvario” (Miguel Morayta. 1952), que es la de un mequetrefe simplón, con caireles Pequeña Lulú y expresión de orgasmo perpetuo (ni se santigüe, que estoy hablando de un filme).

No espero que coincida conmigo -¡Carajo! Si no nos ponemos de acuerdo sobre Juárez, que fue hace menos de doscientos años, cómo esperaríamos ponernos de acuerdo sobre el personaje con el que arranca la presente era de la humanidad de 2019 añitos y contando-. Pero de dar por sentada la existencia de “Yisus”, yo prefiero pensarlo como alguien inteligente, reformador y sobre todo, útil a sus semejantes.

Claro que si prefiere seguir rezándole a la estampita, muy su devoción. Nomás para decirlo -nunca con mejor tino-, no hay que clavarse.

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