Don Astasio regresó a su casa después de terminar su jornada de 8 horas de trabajo como tenedor de libros. Colgó en el perchero el saco, el sombrero y la bufanda que usaba aun en los días de calor canicular y luego se encaminó a la alcoba a fin de reposar un poco su fatiga antes de la cena. Lo que vio en la recámara le quitó el apetito: su esposa se estaba refocilando carnalmente con un toroso mocetón, al parecer el repartidor de pizzas. Fue don Astasio al chifonier donde guardaba la libreta en la cual solía apuntar palabras de invectiva para decirlas a su mujer en tales ocasiones, y dio con la última que había registrado. Volvió a donde su esposa estaba en aquel ilícito consorcio y le espetó el vocablo. Le dijo: “¡Mancellosa!”. Seguidamente se dirigió al mancebo: “Y usted, escelerado joven, deje de hacer lo que está haciendo. Tenga al menos esa mínima muestra de respeto”. “Perdóneme, señor –se disculpó el muchacho–. 

Lo que pasa es que tengo otra pizza que entregar, y están corriendo los 29 minutos de que dispongo para llevarla. No quiero dejar a la señora a medias”. “¡Ni a cuartas ni a octavas la va usted a dejar, caballerito! –rebufó don Astasio–. Y tú, vulpeja, raposa, inverecunda zorra, ¿por qué haces esto?”. Explicó la señora: “Es que hoy acabé temprano mi quehacer, y en algo tenía que ocupar el tiempo que me sobró”. Esa explicación  no satisfizo a don Astasio. Se dio la media vuelta, salió muy digno y se encaminó a su estudio. Ahí lo dejo, revisando su colección de sellos postales, y doy paso a un inane comentario de política… Mi oficio de juglar me lleva a todas partes del País. Me ha acontecido estar en una misma semana en Tijuana, Guadalajara y Cancún., y la siguiente en Veracruz, la Ciudad de México y Puerto Vallarta. Eso tiene algo de cruz, pero nada de calvario, pues mi peregrinar es siempre deleitoso, rico en dones para el cuerpo y el espíritu. Últimamente, sin embargo, percibo un sentimiento de desánimo en la gente. Y es que el descontento social causado por los males de nuestra vida pública –la corrupción principalmente– no ha encontrado respuesta. La actitud que el Gobierno ha adoptado en el caso de la CNTE, de sumisión, entrega y tolerancia, también es causa de indignación en la ciudadanía. La inseguridad que priva en muchas comunidades por la creciente actividad de los grupos criminales hace que la vida cotidiana en ellas se haya vuelto aventura peligrosa. Todo eso hace pensar a los ciudadanos que la nación va al garete, y que todo lo que está sucediendo puede llevarnos a males aún mayores. Yo también experimento ese desánimo y la misma inquietud, pero procuro no caer en un pesimismo desolado. Lo peor que nos puede suceder es perder la confianza en nuestro País y en nosotros mismos. Tiempos más malos hemos conocido, y aquí estamos. Gobiernos van, gobiernos vienen; llega una crisis, se va y viene otra, y los mexicanos seguimos viviendo y trabajando como siempre, pese a todos los pesares. Luchemos contra los males que dañan a México; exijamos a nuestros gobernantes cada vez más y toleremos cada vez menos; hagamos la tarea, grande o pequeña, que nos toque hacer, y veremos cómo nuestro País irá mejorando, siquiera sea paulatinamente, y convirtiéndose en una casa más digna, más segura y –sobre todo– más justa… Don Añilio, señor de muchos años, casó con Dulcimela, doncella candorosa de 19 primaveras. Llegó la hora de consumar aquellas desiguales nupcias, y el provecto señor le preguntó a su desposada: “¿Sabes lo que se hace en estas ocasiones?”. Respondió ella: “No, no lo sé”. Suspiró entonces don Añilio: “Pues estamos arreglados, linda. ¡Tú que no lo sabes, y a mí que ya se me olvidó!”… FIN.