Conseguir la buena ejecución musical en un instrumento requiere de una gran inversión de tiempo. Huelga decir que el talento no basta, que es un elemento entre tantos que son definitivos para dominar el oficio de la música. Cuando el principiante realiza sus primeros ejercicios en el instrumento, rara vez tiene en cuenta que, si pretende hacer de la música una profesión, nunca más dejará de ejercitarse.

Hay muchos mitos que rodean al buen músico, mitos que se justifican, pues los prodigios que realiza sobre su instrumento parecen milagrosos o mágicos, y, puesto que los milagros se atribuyen al don divino y lo mágico al conjuro de las potencias sobrenaturales, el buen músico se vuelve también divino o sobrenatural, dando la impresión de que tiene poderes con los cuales no pidió nacer.

Sí, el talento es algo que las personas no deciden tener, y es verdaderamente importante para emprender una carrera musical, pero la gente talentosa es mucho más abundante de lo que se piensa; la disciplinada, por el contrario, es muy escasa.

Cuando talento y disciplina se juntan, la reacción química da lugar al prodigio musical, a aquello que para muchos es fenómeno alquímico. La disciplina extiende sus brazos más allá de las horas dedicadas al instrumento, pues abarca también la condición física, mental, la administración del descanso y —en suma— la vida personal. Debo decir que estos elementos deben administrarse en cantidades perfectamente balanceadas, de lo contrario podría haber graves consecuencias (de lo cual espero escribir algunos ricercares).

Cuando el individuo decide ser músico con la seriedad que la palabra implica, en su boca comienza a perpetuarse la sentencia: “No puedo, tengo ensayo” (con todas sus variaciones).

Y es que la vida del músico suele girar alrededor de su instrumento y no el instrumento alrededor de su vida. Por eso el oficio de la música es un acto de consagración y de entrega que implica el cumplimiento de votos específicos para llegar a colocarse dignamente en la nómina de los profesionales.

Me atrevo a generalizar esta reflexión al ámbito de todas las artes, pues el ejercicio de cada una de ellas implica una disciplina férrea y constante, de perpetuo aprendizaje: en el arte todo es búsqueda.

Mientras escribo, viajo en un autobús repleto de artistas: músicos, bailarines, actores, productores  e iluminadores. Cada uno adquirió un boleto para ocupar estos asientos y llevar la magia y el milagro del arte a los espíritus ávidos de belleza; todos han dicho mil veces: no puedo, tengo ensayo. Otros (muchos) decidieron responder lo contrario, pero ellos no viajan en este autobús.