Hace unos días estuve platicando y cuestionando sobre los estilos de vida con varios muchachos mayores de 30 años que trabajan en empleos de tiempo parcial o no trabajan, no tienen novia, viven todavía con sus papás y tienen una gran apatía para progresar. Me comentaban: “Yo no quiero ser godínez toda mi vida. Quiero ser mi propio jefe. No trabajo hasta que tenga mi propia empresa. No quiero recibir órdenes de nadie”.

¿Qué hemos hecho los padres y las escuelas para crear una actitud negativa en estos chicos para ser empleados? Muchos padres hemos creado una generación de sólo campeones y las escuelas les han infundido ideas que serán los líderes del futuro. Hace unos años me llamó la atención una oración que tenían en la calle una escuela privada de Monterrey: “Aquí solamente formamos líderes que influyan y no empleados que obedezcan”. Para ser un buen líder primero hay que aprender a obedecer. Desafortunadamente en los últimos años el concepto de obediencia es un sinónimo de sumisión o esclavitud. Y claro, nadie quiere un hijo que obedezca ciegamente órdenes. Queremos que sea independiente, autónomo y pueda dirigir adecuadamente su propia vida. Pero ¿cómo aprenderá a dirigir a los demás si no puede dirigirse a sí mismo? ¿Cómo puede ser jefe de los demás si no puede ser un buen jefe de sí mismo? Como decía el gran filósofo griego Platón: “La mayor victoria es la conquista de uno mismo”.

Muchos de nosotros deseamos ser líderes y jefes, pero eso se merece y se gana con tiempo, esfuerzo y logros. Muchos de los chicos egresan de las universidades con la idea que serán directores o dueños de sus propias empresas, sin necesidad de trabajar para lograrlo. Sé que es difícil recibir órdenes, especialmente de jefes con poca capacidad de liderazgo e interacción humana. Desafortunadamente, entre los jóvenes se extendió la idea que ser empleado es ser godínez. Es un apellido, pero en los últimos años en México se aplica para referirse a personas que trabajan en oficinas de 9:00 a 18:00 horas con tono despectivo y ofensivo. Son personas con bajos sueldos y sin expectativas de mejor futuro. Muchos de estos jóvenes, que los educamos haciéndolos creer que son una generación única y especial, rechazan trabajar porque no cubren sus expectativas y los tenemos en las casas tiempo completo o brincando como chapulines porque no hay empresa que sea digna de ellos. Un padre de familia me comentaba: “Mi hija de 32 años no quiere trabajar, y cuando encuentra un empleo no dura más de un mes porque dice que no quiere ser godínez. No le gusta recibir órdenes porque ella quiere su propia empresa. Pero cuando empieza un proyecto lo deja a pocos meses porque no quiere estar esclava muchas horas. Ella quiere tener vida social y libertad. Y eso sí, le tenemos que pagar su celular, su carro y, además, quiere su semana porque no le alcanza para sus gastos”.

¿Cuál ha sido nuestro error? Claro, que eduquemos a nuestros hijos con la visión de ser líderes en el mundo, pero muchas veces debemos empezar desde abajo, picando piedra y ganando la responsabilidad de ser directores. Todo trabajo dignifica y nos ayuda a crear. Lo peor que le puede pasar a una persona es sentirse no capaz de progresar. Nuestra vida está llena de retos y nuestra misión es conquistarlos, no importa si es atrás o delante de la trinchera.

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