Con su prefijo, la impaciencia está tachando una virtud.

Impaciencia es una privación, una carencia, una actitud mutilante. Porque es virtud muy estimable la paciencia. Es la paciencia como un respeto a los tiempos, al ritmo, al proceso natural de todo lo que lleva a un resultado.

La impaciencia es causa de precipitación, de “adelantar vísperas”, de “querer ganar Zamora en una hora” o de “quemar etapas”. Corta sueño con el mucho madrugar para apresurar amaneceres que se ven como pachorrudos. Es la impaciencia la que adelanta. La que ocasiona lo prematuro. Generó todo lo instantáneo, desde la fotografía hasta el café. La impaciencia espolea, empuja, quiere cosecha al otro día de la siembra o niño sin esperar meses de embarazo.

Actualmente la impaciencia es casi un estado de vida o una actitud parásita. Se da en estos tiempos la impaciencia sanitaria, la preventiva, la impaciencia económica y la política, entre otras no tan recalcitrantes. En la pandemia sanitaria se adelantan resguardos y pronósticos de alcanzar pico, se apresura el color naranja en el semáforo ávido ya del verde. Se habla de salir solo a lo esencial y se tratan como esenciales hasta las copas en el bar, en bullicio aglomerado, sin higiene ni distancia.

La impaciencia preventiva adelanta alianzas de producción cuando las vacunas están apenas en pruebas. Y el símbolo de la carrera vertiginosa de vacunas es el nombre de “Sputnik”, que se da a la rusa. Los chinos se apresuran a decir: “ya la tengo” y Donald Trump fija el 1 de enero como fecha de arranque para poder proveerla. Con esos atropellos, nadie se atreve a proponer un coloquio de laboratorios para ver si, combinando experiencias, se llega a producir la vacuna única internacional y se evita la rebatiña de preventivos diversos desbocados.

La impaciencia es también económica. Ya se quiere salto después de caída. Lluvia de nuevas inversiones y empleos en tianguis. Los arúspices de calamidades también ponen un cerco de abismos para anunciar desplomes múltiples por los que puedan decir: “se los dije”. Antes del medio sexenio, se reclaman prosperidades generalizadas y se ignoran logros. La impaciencia política lamenta aplazar elecciones y, en tiempo de obra negra y andamiaje, ya quiere fachadas terminadas.

La sabiduría del: “vale más paso que dure que trote que canse” se ha ignorado. Se olvida aquel: “vísteme despacio que voy de prisa” y se sigue pensando que crecerá la planta jalándole las hojas, descuidando riego y abono. Se pisa demasiado el acelerador y, hasta para frenar, hay anticipo que hace chirriar las llantas.

INFODEMIA E IGNORANCIA

Aparece y cunde, como epidemia, la información deformante, la que calla y exagera, la que miente y manipula. La que corona rumores como si fueran virus invasores. La que sustituye la crítica por el denuesto o el insulto descalificador. La desinformación que adultera hechos y saca de contexto frases y declaraciones.

Esa parra corrupta produce las uvas amargas de la ignorancia, de la equivocación. Mendaz, insolente y mal intencionada, busca confundir, desorientar. Es engaño y es falsificación nefasta. El sentido común se vacuna con la simplicidad diciéndose: “a palabras necias, oídos sordos”.

INSUFICIENCIAS

La falsa ideología de la autosuficiencia fomenta el individualismo egolátrico que ignora los propios límites. La generación pandémica ve de frente las insuficiencias y los desenlaces. Ciencia y tecnología ven, avergonzadas, su insuficiencia frente al viejo enemigo infeccioso, después de tantos siglos de descubrimientos y tecnologías.

La humanidad se siente vulnerable y a la intemperie y empieza a cambiar soberbia por humildad. Avizora lo trascendental, lo eterno, la suprema inteligencia paternal y creadora de donde viene toda suficiencia. Y capta su mejor autoestima, la que agradece su propia autenticidad. La que reconoce sus límites. Así aumenta y purifica su fe y su confianza en el “tú” divino, que hace posible, por el amor, el paso del “yo” al “nosotros” fraterno y universal...