El Tren Maya nos transportará al pasado. El Presidente no se ubica, ni le invierte a adentrarnos a la Era Digital. Nos va a costar muy caro.

Los trenes son el mejor símbolo de la revolución industrial. Estamos hablando de que la primera línea ferroviaria pública nació en Inglaterra hace casi doscientos años (1821) entre Stockton y Darlington.

Don Porfirio Díaz tuvo la visión de insertar a México en la revolución industrial y fue su gobierno el que construyó la mayor parte de las vías férreas que existen actualmente en el país. Eso ya fue hace más de cien años.

Ciento cincuenta mil millones de pesos es lo que costará el chiste. El nuevo gobierno está enamorado del Tren Maya. Es demasiado dinero para satisfacer una fantasía presidencial. 

El tren choca con la realidad. Vamos hechos “la mocha” a un proyecto inviable. Solicito al Presidente y su mayoría cautiva en el Congreso, que repiensen su construcción. Todo apunta a que será una carga económica, si no es que se queda atorado por inconformidades de las comunidades a las que supone servir y rescatar.

El Tren Maya se está justificando como una inversión social, ecológica y turística, pero en el planteamiento de su página oficial no hay una palabra aún de su rentabilidad directa. Se habla de servir a ocho mil turistas diariamente y hasta allí. No hay mención de ingresos contra egresos.

Por lo pronto el Congreso destinó una partida de ocho mil millones de pesos (millón por turista) para invertirlo tan solo en el exigido Proyecto Ejecutivo. Aquí es donde se estaría explicando cuánto va a costar, cómo se va a construir y cuánto dinero va a generar.

Por fortuna, la ley obliga al Gobierno a seguir ciertos pasos para proyectos de infraestructura. Esto da tiempo a que haya claridad en los números. Los objetivos anunciados son poco cuantificables y se antojan muy idealizados.
Según leo, el Tren Maya -y su derrama económica y creación de empleos en la región- pretende acabar con tala ilegal de maderas, con la cacería ilegal de especies protegidas, e incluso con deforestación de la selva yucateca. El icónico Tren Maya nacerá con poderes sobrenaturales.

Hay otra complicación a la vista que podría salvarnos. Un sinúmero de asociaciones locales y comunidades ancestrales ya han expresado su oposición férrea a la línea férrea. Yucatán para los yucatecos: el celo es grande y las pasiones brotarán aumentadas.

¿Librará el Tren Maya las consultas? Estamos ante un “catch” veintidos. Hay que invertirle millones a los estudios ecológicos, a los planos ingenieriles y a obtener los números correctos para que las consultas puedan tener una base objetiva. Sin embargo, si la oposición es digamos, sentimental, al tren se le pueden salir las ruedas. Es visto como un proyecto intervencionista y falta adquirir muchos derechos de vía, papá. ¿Van a expropiar? Suerte con eso.

Es alarmante que el Congreso le siga la corriente al Presidente. El Tren Maya no generará recursos ni para pagar la electricidad del aire acondicionado de las quince estaciones. Estamos frente a un proyecto complejo en extremo y sin clientela, salvo el presidente mismo.

Los turistas extranjeros seguramente escogen de antemano cuáles sitios quieren visitar. Abundan autobuses “charter” con horarios flexibles. ¿Contra eso competirá el tren? Ah, pero la página dice que el tren sustituiría camiones de carga, aligerando la carga ambiental. Números, números, no vendan fanstasías, por favor.

El Tren Maya se presenta como el proyecto simbólico del nuevo gobierno. Quizá simbolice un fiasco. Soñar con un tren de pasajeros es añorar épocas pasadas. 
Ah, pero será moderno. Podrá ir a ciento cincuenta kilómetros por hora. Y qué verán los turistas por la ventana en los trayectos de selva. ¿Changuitos en estampida?  ¿Frenarán o rogarán que éstos aprendan a no atravesarse? La idea es ridícula.

Andrés Manuel envidia secretamente a Don Porfirio. Ojalá no en sus proclividad reeleccionista. Mientras tanto ya hay órdenes de detener la construcción del aeropuerto NAIM. Otro costoso capricho del maquinista en jefe.

javierlivas@prodigy.net.mx