Las sonrisas cómplices, la alegría compartida, las miradas en una misma dirección. Son amigos que se fueron, amigos que cruzaron este año la línea hacia el camino del no retorno.

¿Cómo no recordar en este momento de balances a quienes estuvieron y ya no están? A quienes dejaron una huella imborrable en todos nosotros, a quienes nos favorecieron con sus atenciones y cariño.

El fin de año da para el recuento. El recuento y el recuerdo. La última mirada que no sabíamos sería la definitiva. Un agradecimiento que se quedó colgado en las paredes de una habitación en el postrer momento. Urgencia en la despedida. Adiós sin esperanza.

En octubre los días congelantes traerían consigo dolores punzantes. El recuerdo aquí de una de las más valerosas mujeres que he conocido.

Su andar siempre alegre, rotundamente firme, rápido, ágil, en constante prisa. Rapidez que la acompañaba a la hora de hablar. Parecía que una palabra intentaba ganar a la otra. Y así en el andar como en el hablar, era su actitud igual de resuelta.

El cáncer no la hacía caer. Una y otra vez se levantaba animosa y sonriente. ¡Cuántas veces no la escuché hablar sobre los ires y venires a Monterrey para tomar las quimioterapias, llegar a tiempo a recoger a sus hijos de la escuela y tener listo el alimento para el hogar desde muy temprano en la jornada!

Hoy que ya no está, su fuerza y su generosidad acompañan para siempre el recuerdo de todos cuantos la tratamos, de todos cuantos la quisimos y nos vimos bendecidos por su calidad de mujer de bien, por su calidad de ser humano de bien. Aquí un pequeño y justo reconocimiento a quienes, como ella, libran día a día una batalla que las convierte en las mujeres de la mayor fortaleza. Ella, como diría Amos Oz, “supo mirar directamente a los ojos del destino y no bajar la vista”. Sólo las personas más fuertes, siguiendo con el mismo Oz, “son capaces de mirar directamente a los terribles ojos del destino sin derrumbarse”.

EL VIENTO

Estos días finales de diciembre, del año, el viento se hace sentir de manera estremecedora. Venidos de no se sabe dónde, hacen sentirnos más humanos que nunca. Eduardo Galeano decía que era muy difícil describir el viento. Quién como Juan Rulfo lo podría hacer mejor. Y leyó, en un programa dedicado al escritor mexicano, las palabras usadas por él para dibujar en el cuento de Luvina de “El Llano en Llamas”:

“Ya mirará usted ese viento que sopla sobre Luvina. Es pardo. Dicen que porque arrastra arena de volcán; pero lo cierto es que es un aire negro. Ya lo verá usted. Se planta en Luvina prendiéndose de las cosas como si las mordiera. Y sobran días en que se lleva el techo de las casas como si se llevara un sombrero de petate, dejando los paredones lisos, descobijados. Luego rasca como si tuviera uñas: uno lo oye mañana y tarde, hora tras hora, sin descanso, raspando las paredes, arrancando tecatas de tierra, escarbando con su pala picuda por debajo de las puertas, hasta sentirlo bullir dentro de uno como si se pusiera a remover los goznes de nuestros mismos huesos. Ya lo verá usted”.

A ratos es el mismo viento que escuchamos en nuestro particular Luvina, el viento que araña y se deja sentir en la mañana, en la tarde, en la noche, y al igual que en el cuento de Rulfo, hora tras hora, noche tras noche.

El viento que llega y se lleva veredas. Que lo envuelve en tierra áspera, en minúsculas motas de polvo.

AMOS OZ

Murió el escritor israelí Amos Oz. En sus libros, la mirada crítica sobre el conflicto Israel-Palestina, y una prosa consistente, cargada de imágenes e historias para entender la eterna lucha de estos pueblos. Personajes de carne y hueso, escenarios de guerra montados en los paisajes de la vida cotidiana, fina ironía en la voz. Una, también, cálida voz que permanecerá en los ecos del tiempo.