El Distrito Federal es un ente moribundo. La salud de la capital ha empeorado con el paso del tiempo y la calidad de vida ha disminuido

Bienvenidos los cambios. Sobre todo los cambios para mejorar o modificar situaciones incómodas o disfuncionales. El Distrito Federal es un ente moribundo. La salud de la capital ha empeorado con el paso del tiempo y la calidad de vida ha disminuido. Pocos árboles, agua escasa y de mala calidad, circulación vial cada vez más lenta, transporte público disfuncional, pocos y descuidados parques, baches incontables y contaminación atmosférica sin visos de mejoría son el legado de quienes han gobernado y gobiernan la ciudad. El DF es una ciudad enferma.

Quienes nacieron en este siglo, son y serán las víctimas de los robos, de la mala planeación, de la falta de sabiduría e incompetencia de los que han ejercido las jefaturas de los gobiernos capitalinos. El nuevo Reglamento de Tránsito del Distrito Federal intenta paliar las enfermedades y fracturas previas. Lo intentará pero fracasará. Los únicos beneficiados serán los encargados de dirigir el tránsito. Jugosas mordidas les aguardan. Estrenar el reglamento antes de la Navidad no es por azar, es por necesidad: los sueldos de la(s) policía(s) son insuficientes.

Hace bien la administración pública del DF al proponer modificaciones al tránsito de una de las ciudades más conflictivas del mundo. Una de las ciudades cuyos habitantes pagarán, estoy seguro, en las próximas décadas, el precio por vivir en ella. Los científicos describirán, en los años venideros patologías secundarias al ruido, a la mala calidad del aire y del agua, a la falta de espacios recreativos y al tiempo perdido en las calles debido al tráfico. Apuesto con sorna y con deseos de equivocarme: ¿Cáncer pulmonar Variedad DF?, ¿Déficit de atención Subtipo DF?, ¿Síndrome de desgaste Tipo Políticos defeños?, ¿Enfermedad por cansancio crónico Variante Incompetencia Gobernadores DF?

Bienvenido el Reglamento de Tránsito. Parece una copia de las reglas que rigen el tránsito en los países escandinavos o en Australia. El Reglamento y sus propuestas no son problema. El problema es que el Reglamento no desentrañará los orígenes del embrollo. De poco sirven las reglas cuando éstas no modifican los porqués de ellas. Aunque los responsables de la salud sugieren comer sano, frutas, verduras y pescado, los pobres mexicanos obesos consumen “guajolotas” con tal de saciar el apetito.

El nuevo Reglamento de Tránsito propone mejorar la salud de la circulación. Es lógico prohibir el uso del celular mientras se conduce; es correcto limitar la velocidad de los automóviles sobre todo cuando se circula en zonas escolares o en hospitales; es adecuado castigar a quienes invadan los pasos peatonales; es lógico sancionar a quienes agredan por medio de señales visuales, audibles o por medio de accesorios adheridos a los vehículos así como por el uso “ilógico” del claxon; es correcto multar a los automóviles cuyos motores produzcan ruidos excesivos y al conductor que haga “…señas obscenas, acerque mucho su vehículo a otro usuario para intimidarlo o toque la bocina sólo para apresurarlo”; es razonable “…evitar la colocación de objetos que representen un obstáculo a la circulación de vehículos y tránsito de peatones”, práctica, por cierto, muy socorrida por los encargados de cuidar la vialidad de la ciudad, y, entre otras, una más, cuya lectura irrita, produce risa, y apena: “El uso del automóvil particular deberá ser de manera racional, con el objetivo de mejorar las condiciones de salud y protección del ambiente”: ¿quién, dentro de los millones de usuarios utiliza su vehículo en forma irracional con tal de enfermar a sus pares?

Bienvenido el Reglamento. Mientras la iniciativa no sane o subsane su etiología nada cambiará. Los baches incontables, las calles cada vez más saturadas, los automóviles que bloquean la circulación porque es imposible avanzar, los semáforos inoperantes, los vendedores de refrescos, chicharrones, chicles, perros y pájaros en el periférico, los maromeros, las madres quinceañeras con bebés en sus rebosos, los pobres ciegos y los incontables grupos con alcancías en la mano para interminables campañas, a quienes he llamado semaforistas, son algunas de las razones por las cuales el flamante Reglamento no funcionará. Concluyo: La funcionalidad del reglamento depende de la funcionalidad de nuestros gobernantes.

Notas insomnes. La insalubridad vial del Distrito Federal es directamente proporcional a la incompetencia de quienes han dirigido y dirigen la ciudad.