El poeta de los Campos de Algodón, John Fogerty, escribió: “A veces creo que la vida es como el rodeo: tienes que montar y aguantar hasta que suene la campana”.

Son escasos y breves los ocho segundos que median entre la briosa irrupción de la bestia en la arena y el sonido que le avisa al jinete que ha superado exitosamente su reto mortal. Sí, pero ese momento que dura apenas lo que una exhalación, le hace experimentar al vaquero la relatividad del tiempo en High Definition.

Así la vida, que a menudo nos presenta pruebas tan arduas como la monta del toro salvaje, en la que una vez liberado el animal, bien poco podemos hacer ya por influir en las circunstancias imperantes y todo lo que nos resta es contener la respiración y aguantar: 1, 2, 3…

En esos momentos lo que cuenta es nuestra preparación previa, y no hablo de preparación académica necesariamente sino de entereza emocional para guardar la compostura y tomar todas esas rápidas micro-decisiones que nos permitan continuar montando con gracia en vez de salir expelidos por un reparo del animal para acabar ya sea, estrellados en el muro o bien, pisoteados por media tonelada de carne para hamburguesa, recogidos en ambos casos por la tenebrosa figura del mítico payaso de rodeo.

¿Encomendarse a Dios? Bueno, si usted quiere y siente que le sirve de algo, adelante, pero le aseguro que cuenta más lo bien ajustado del pretal.

El 2018 me confrontó con los ocho segundos más largos de mi vida, pero he de confesarle que no los sufrí arriba de un indómito rumiante precisamente, sino…

Desde muy joven tuve yo la certidumbre de que me convertiría en columnista. Sí, lo supe creo desde antes de optar por la carrera de Comunicación.

Y le juro por las patillas del Rey Elvis que no moví un solo músculo para que ello ocurriera. Simplemente sucedió. La sorpresa fue sin embargo que siempre imaginé que llegaría a las páginas editoriales una vez superados los 60 años, cuando estuviese rebosante de anécdotas luego de haberle dado la vuelta al mundo.

Pero pasó que debuté como editorialista antes de cumplir 30 y así me volví el “opinador” más joven del estado, cosa que en su momento –las postrimerías de la comunicación impresa– tenía quizás algún mérito, aunque hoy, en la democrática era digital, apenas podría significar algo. Aunque, más importante aún, no soy ya ningún chamaco.

Si antes podía agarrar la juerga por días y días –“conectarla” como se dice en el argot de la parranda – hoy tengo que planear cuidadosa y estratégicamente mis salidas, mis convivencias y los días en que como carne.

Mi más reciente examen médico general reveló que estoy relativamente sano –mis triglicéridos están altos, pero de ellos nos ocuparemos a partir de la segunda quincena de enero–, mi colesterol y niveles de glucosa están normales y no tengo, repito, no tengo al día de hoy indicios de estar desarrollando cáncer de próstata.

¿Cómo lo sé? Bueno, el doctor se cercioró de ello… sin duda.

Y antes de que me dé una lectura diciéndome que hoy día la ciencia permite detectar estos problemas con un simple test de antígeno sanguíneo, déjeme refutarle que todos los especialistas coinciden en que no hay mejor indicador que una prueba táctil

–es eso o que los médicos tienen las fantasías más extraviadas–.

Mi experiencia no me habría resultado tan surrealista, no obstante, de no haber estado dos enfermeras presentes acribillándome con preguntas clínicas y administrativas, aunque quizás eran sólo una cortina de humo para que yo obedeciera como autómata las indicaciones del doc, sin interponer pudibundas objeciones:

“Quítese la ropa… Respire hondo… Exhale… Tosa… Tosa más fuerte –¡usted tiene tos!–… Dese media vuelta…  Separe los pies… Inclínese… No llore… Deme un beso”.

Justo allí fue cuando recordé las sabias palabras de Fogerty: “The trick is to ride and make it to the bell”: 4, 5, 6…

Lo que no recuerdo es qué me preguntó en ese momento una de las enfermeras, pero sí tengo presente que en vez de mi habitual voz de buque me salió un gruñido incierto.

Siendo el galeno un amable y veterano ciudadano de la vecina República de Texas y, estando yo durante esos interminables segundos a su completa merced, creo haberle pedido disculpas por lo de El Álamo y haber estado a nada de endosarle también Coahuila, nomás por las molestias.

7… 8… ¡La campana sonó y el arduo trance terminó para este vaquero que ya sólo volteó a ver si no estaba el doctor subiéndose la bragueta o riéndose como depravado.

Nada de eso. Amablemente, el doc me informaba sobre mi óptima condición al tiempo que me daba otras recomendaciones generales. Yo miraba  sobre la plancha, con gratitud infinita, el pote de lubricante.

¿Por qué le cuento todo esto? Bueno, ya ni yo estoy seguro. Quizás, luego de 20 años de escribir –y con la competencia de los blogueros, “vlogueros” y humoristas de la red– hay que echar mano del mejor material disponible.

O será sólo mi manera de decirle que habrá momentos del 2019 que le pongan en esa difícil, comprometida y vulnerable postura en la que yo me vi, aunque créame: no fue por gusto… o quizás sí, por el mero gusto de seguir vivo muchos, muchos años.

Y es por ese anhelo de vivir que se libran estas batallas –nomás para poder pelear otras guerras más adelante–.  Pero llegado el momento, eso sí le advierto, ni se aflija ni se afloje: respire hondo, tosa, agárrese con lo que tenga, cuente hasta ocho y espere el sonido de la campana. ¡Usted será un campeón en el rodeo de la vida!

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