A reserva de permanecer atentos a la cifra revisada que publicará el Inegi el próximo 25 de febrero, la economía mexicana se habría colapsado un 8.5% el año pasado, lo que viene a sumarse a la caída del 0.1% experimentada durante el 2019.

Dos años consecutivos de crecimiento negativo no se registraba desde 1982 y 1983, cuando en plena crisis de la deuda heredada por López Portillo, el país se hundió en una profunda recesión que marcaría al periodo de los años ochenta como la década pérdida.

Otra manera de poner en contexto la cifra, es subrayar que una caída de semejante magnitud no se veía desde hace ochenta y ocho años, cuando en 1932, en plena Gran Depresión, la economía mexicana se contrajo alrededor de 15%.

Si como se dice coloquialmente, aún no nos cae el veinte de lo que ello representa y de que tan mal nos fue, basta con decir que la economía estadounidense registró durante el año pasado un retroceso de 3.5%. En otras palabras, el descalabro que sufrimos representó más del doble que el observado por nuestro principal socio comercial.

Más allá de la evidente preocupación de lo que este derrumbe representa en la actividad económica en términos de pérdida de empleos, cierres de empresas y menor flujo de ingresos para el gobierno, las alarmas deben de encenderse, ya que contrario a lo que la mayoría de las naciones experimentarán cuando al fin logremos salir de esta crisis sanitaria en términos de una pronta recuperación, nosotros tendremos que lidiar con una economía en ruinas.

Porque aunado a las secuelas propias de esta depresión económica provocada por la pandemia, el pésimo manejo de esta en términos sanitarios y las equivocadas decisiones en materia económica al negarse a implementar un fuerte paquete de estímulos fiscales, la confianza empresarial se mantiene por los suelos.

Así lo evidencias los registros de la Inversión Fija Bruta, que durante el año pasado habría caído alrededor de 20% y hasta los datos que se tiene disponibles, acumulan veintiún meses con retrocesos.

Porque siendo sinceros pecaremos de inocencia si asumimos que una vez terminado el confinamiento y las restricciones de actividades, volveremos a los niveles pre-pandemia. Una economía en la que el motor de la inversión se apaga, está condenada al subdesarrollo crónico.

Tétrico escenario el que se nos viene encima y lejos de pensar que lo peor de la crisis económica habrá quedado atrás, más bien la pregunta que habría que hacerse es, ¿en qué momento habremos de despertar de esta terrible pesadilla?