Me estoy haciendo pobre: se me van yendo los amigos.

El último que con su muerte me entristeció la vida fue Onésimo Flores Rodríguez. Gocé de su amistad por muchos años, desde los más tempranos de la juventud. Compartíamos iguales aficiones y similares inquietudes. Los dos pensábamos que ese exótico bien llamado la cultura debía ser disfrutado por todos, igual ricos que pobres; lo mismo ilustrados que ignorantes. En la Dirección de Extensión Universitaria, durante el rectorado de aquel excelentísimo señor que fue don Felipe Sánchez de la Fuente, nos esforzamos en aplicar un lema que acuñé y que algo tenía de picaresco y mucho de noble aspiración. Decía el tal mote, inscrito con grandes letras en la pared frontal de la oficina: “Una diaria”. Eso significaba que nos proponíamos hacer –y lo cumplimos- una actividad cultural diferente cada día.

Pasó el tiempo, y en la Ciudad de México llegó Onésimo a ocupar cargos de importancia en los cuales hizo relaciones que luego, de regreso en Saltillo, aprovechó para bien de la comunidad. El ingeniero Luis Horacio Salinas Aguilera llevó a cabo como alcalde una intensa labor de cultura lo mismo en la ciudad que en el campo, tarea en la cual Onésimo colaboró muy cercanamente. Gracias a sus empeños se logró la presencia aquí de Eugène Ionesco, quien dio una conferencia en donde es actualmente el Recinto de Juárez. Ahí Alejandro Santiex, el recordado director de teatro, conmovió a todos cuando subió al foro y sin decir palabra besó la mano del creador del Teatro del Absurdo. En el camino al aeropuerto de Monterrey el insigne dramaturgo nos dijo a Onésimo y a mí que ese homenaje era el que más lo había emocionado en su vida.

Brillante maestro de la Facultad de Derecho, Onésimo llegó a ser su director. En ese puesto realizó una obra de extraordinaria calidad académica, pero también de profundo contenido humano. Logró reconciliar a personas y grupos a los que las sinuosidades de la política universitaria habían distanciado, y esa concordia y común amor a la escuela se plasmaron en un bello mural realizado por la gran pintora Mercedes Murguía, mural que no está completo sin la figura de quien lo mandó hacer, Onésimo Flores Rodríguez.

El pasado día 7 de septiembre, exactamente un mes antes de su fallecimiento, Onésimo se reunió en Saltillo con un grupo de amigos suyos de la CDMX. Entre ellos estuvo Francisco Suárez Dávila, que ha destacado lo mismo en la academia que en la función pública, y estuvieron también Edmundo González Llaca y Ricardo Méndez Silva, distinguidos editorialistas y escritores de la Capital. Los invité a almorzar en el estupendo restorán del Hotel Colonial San Miguel, y luego fuimos a Radio Concierto y les di un recorrido por la casa de mis ancestros, casa que la gente ve como un museo. Por la tarde ellos estuvieron en Monterreal, uno de los lugares más hermosos de Coahuila, y en la noche disfrutamos una cata de vinos de la tierra. Ahí brindamos profusamente por los dones de la amistad y los recuerdos.

Ahora esos amigos piensan que el llamado que Onésimo les hizo a venir acá fue para despedirse de ellos, como si ya tuviera el presentimiento de su cercana muerte. No lo sé. Lo que sí sé es que se nos ha ido un amigo sincero que fue todo rectitud, todo nobleza, todo lealtad. En su precioso libro “La ciudad de las montañas azules”, dejó testimonio escrito de su amor por la ciudad que lo miró nacer y donde ahora descansa en paz eterna. Quedará por siempre Onésimo en nuestro recuerdo, en nuestra memoria agradecida. Así sea. Así será.