Steve Jobs, alguna vez dijo que las computadoras son como una bicicleta para nuestras mentes, pues ambas aportan capacidades que sin ellas no alcanzaríamos.
 
Con la tecnología podemos actuar más rápido. A diferencia de las pasadas disrupciones donde la máquina estaba diseñada para sustituir el esfuerzo humano, la carga física; ahora las máquinas, cada vez más, nos ayudarán en trabajos cognitivos. Este es el verdadero dilema ético relacionado con la Inteligencia Artificial.
 
En el pasado los avances tecnológicos nos habilitaron físicamente, como la analogía de la bicicleta de Jobs, el asunto con las tecnologías como el aprendizaje de las máquinas (machine learning) y servicios cognitivos (cognitive services), que son las principales tecnologías que soportan la Inteligencia Artificial, es que cada vez más nos quitarán a los humanos el trabajo de pensar, que es lo que nos permitió crear máquinas inteligentes en primera instancia. Nuestra fortaleza se convertirá en nuestra debilidad.
 
Adicionalmente, de unos años a la fecha ha surgido un tema algo controvertido: el de los robots sexuales que están reemplazando el contacto físico. No es que nos asustemos, en un estudio publicado por el Journal of Sexual Medicine, el 50% por ciento de los entrevistados han usado algún tipo de juguete sexual, ya sea solo o acompañado. Ahora imaginemos que ese juguete sexual es un robot con características físicas humanas, con autonomía de acción y capacidad de aprender a dar mayor placer cada vez. Disculpe usted las molestias que este texto le pueda causar a partir de ahora.
 
¿Cuántas veces ha estado usted enculado? (excuse my french). En español mexicano se le dice así a las personas que presumiblemente están enamoradas, pero en realidad solo existe una fijación sexual con su pareja, se supone que este encantamiento termina cuando la persona sale de ese estado y comienza a querer cosas que quieren las personas en una relación aparte del sexo. Pues la tendencia indica que con las nuevas versiones de robots sexuales con autonomía y aprendizaje propiciarán muchos enculamientos artificiales.
 
Pero ahí no termina todo, ¿qué pasa con el tema emocional?, dicho de otra forma, no es que las máquinas nos vayan a querer o amar, todavía falta tiempo para que las máquinas tengan emociones, pero sí pueden simular la empatía y ahí está el tema que debería llamar nuestra atención. Que los humanos generen una fijación emocional con las máquinas que se “andan tirando”.
 
Imaginen a robots hiperrealistas con carne de silicón y huesos, con texturas reales, ojos al gusto, cabello a la carta, con el peso y tamaño de la persona con la que fantaseamos. Muñecos que se hacen conforme al capricho de quien lo pida, incluyendo una serie de características intelectuales y gustos pre programados por los clientes usuarios. Es que el robot sí me entiende…
 
Actualmente existen fabricantes de tecnología que ya dejaron los muñecos inflables en el pasado para dar paso a la interacción con el galán en ciernes, son capaces de entablar una conversación e incluso de enamorarse, ya no sólo son real dolls, sino real dolls inteligentes.
 
¿Pero cómo funciona?, las relaciones humanas y los vínculos afectivos se cimentan en la empatía, se basan en experiencias. Y éstas son máquinas hechas para engañarnos y crear esas conexiones que pueden llegar a suplir a una persona real, no sólo en el plano físico, sino en lo emocional aprendiendo de nuestros comportamientos.
 
El riesgo de los robots sexuales, no está en tener sexo con ellos, sino en crear esa conexión sentimental tan característica del ser humano. Lo vimos en aquél capítulo de Black Mirror “Be Right Back”, donde una chava pierde a su marido en un accidente y manda a hacer un robot con todas sus características, tanto físicas como de personalidad, mismas que aprende su nuevo esposo mecánico a través de las redes sociales del difunto. Si somos capaces de darle valor emocional a una puerta, a una mesa, a un lápiz, ¿te imaginas a un robot que interactúe contigo de la manera que quieres? Pasaremos del enculamiento al enamoramiento y quién sabe, luego al amor. Vamos a conocer a mucha gente que “traiga onda” con su robot.
 
Este, no tan incipiente negocio, es todo un éxito en países asiáticos y en Estados Unidos, donde ha surgido un mercado incluso de coleccionistas. A través de un sistema de Inteligencia Artificial se crean personalidades únicas en cada robot, que son capaces de aprender los comportamientos de su dueño-novio-amo, para terminar entablando una relación. Incluso hay hoteles donde usted puede rentar un robot para tener sexo con él o ella. Aunque no aclaran si está permitido besar al robot o no. Digo, por el tema de lo personal que puede ser un beso.
 
Lo anterior, también lo hemos visto reflejado en el cine hace unos años con la película Her (Ella), donde un hombre se enamora de su asistente electrónico (que por cierto, la voz es de Scarlett Johansson) y se crea una fantasía, aunque en el fondo él sepa que todo es mentira. No puedes evitar ver la película y decir “¡órale! Esto ya está empezando a suceder”.
 
Empresas que por una módica cantidad de entre cinco mil a 14 mil dólares, nos dan la oportunidad de jugar a ser una especie de Pigmalión moderno y crear a nuestra Galatea al gusto. Al final nosotros sabremos que la máquina no se puede enamorar, aunque nos empeñemos en olvidarlo.
 
La industria trata de inventar esa suerte de afectos, que nos logran remontar a los sesentas con Robotina en los Supersónicos, esa “ama de llaves motorizada”, con la que podíamos platicar y nos resultaba increíble. O las pin-ups robotizadas de la ilustradora japonesa Hajime Sorayama.
 
Se está gestando todo un modelo de negocio más poderoso que el de la pornografía que juega con las susceptibilidades, que empezó a materializarse posiblemente con los Tamagotchis, por ser uno de los primeros productos que crearon una codependencia humano/máquina.
 
Al final serán robots que están diseñados para tí, que aprenden de tí y hacen lo que necesites para complacerte e intentar que te mantengas emocionalmente estable. ¿Quién quiere comprar o rentar uno?