Tigres no hizo más de lo que sabe hacer para sacar una diferencia lógica desde el resultado. Santos hizo mucho menos de lo que su campaña presumía.

La serie entre Tigres y Santos no está cerrada, pero tampoco hay muchas garantías de que haya un cambio radical en posturas futbolísticas. El 2-0 supone ser un marcador a tono con la horma inoxidable del campeón en tiempos de Liguilla.

Tigres, audaz y oportunista, es un equipo fabricado para fumar bajo del agua. El ejemplo sirve para dimensionar su coraza, su paciencia y su capacidad de fuego. Puede verse en problemas, al límite, pero casi siempre encuentra un hueco para filtrar su veneno.

No es algo nuevo que se le vea al equipo de Ferretti, pero no deja de sorprender el estado de conservación de un estilo que, contrario a caducar, se fortalece. Incluso, con un kilometraje recorrido que ya ralentiza su juego a medida que los torneos le exigen moverse a otra velocidad.

Sin embargo, la virtud de Tigres está en creer que siempre puede. Le basta con sacudir cualquier partido con goles insospechados para alimentar su ego.

Un efectivo cabezazo de Ayala y un penal de Gignac le alcanzaron para mantenerse a flote y sacar ventaja. Nadie se acordará del trámite descartable que completó el contexto.

Y quizás, con el resultado en la mano, sea el equipo que mejor lo sostiene. Le podrán quitar el balón, pero no la lectura del juego. Su futbol está sujeto al resultado que quiere, no al rival, la gran diferencia que posee respecto a adversarios más predispuestos a los humores del partido.

El 2-0 a su favor es oro puro. Santos perdió la oportunidad de lastimar a Tigres y se verá ahora en la obligación de asumir riesgos frente a un equipo que se jacta ser un aprovechador serial de las circunstancias.

No será fácil para Santos darle vuelta a una serie que supone estar sentenciada. Mínimo, tendrá que resumir en un juego todo lo bueno que hizo en la primera parte del torneo, lo que para efectos futbolísticos es altamente estresante cargar con esa nostalgia.

Santos ha caído en desgracia en una etapa donde debía confirmar su gran campaña. Ha perdido combustión y, lo que es peor, confianza.

Lleva cuatro derrotas en fila y no hace goles. Arma las jugadas, pero no las define. Está abrumado y luce confundido.

Aún tiene reserva de algunos buenos trazos tácticos con los que supo enriquecer su futbol en la mitad del torneo, pero colectivamente está flojo de base y vulnerable. Sus intenciones están intactas, pero da la sensación que sus articulaciones no.