Juan Carlos Osorio no tiene una bola de cristal para saber si el seleccionado mexicano llegará muy lejos en el próximo Mundial, pero lo que sí tiene claro es que su proceso al frente del Tri le garantiza un piso de credibilidad.

El Hexagonal de la Concacaf parece que ha dejado de ser una tortuosa aventura para México. Al menos, con Osorio, el equipo ha recobrado la vitalidad competitiva y se sostiene. Si es que no está muy por encima del resto, mínimo, no es menos que nadie.

Se mantiene invicto, ganó partidos con autoridad, encabeza las posiciones con 10 unidades de 12 posibles y ya se le ha despejado considerablemente el camino hacia Rusia. En un futbol resultadista, la campaña del Tri en la Eliminatoria no da lugar a objeciones.

Tampoco son cuestionables los números de Osorio. Si no fuera por la escandalosa derrota de 7-0 frente a Chile en la Copa América del año pasado, la estadística del colombiano sería casi perfecta: en Trinidad y Tobago ganó su partido 16 de 20 jugados. El círculo se completa con tres empates para una efectividad del 85%.

Quien mide a Osorio sólo por su particular forma de entrenar y hacer jugar al seleccionado, y descuida los premios que logra en los partidos, estaría limitando el análisis.

Guste o no el estilo, lo que puede ser discutible, México se ha estabilizado futbolísticamente, combinando ideas y demostrando poder de ejecución, virtudes que no siempre van de la mano y menos tratándose de un seleccionado escaso de grandes figuras que le faciliten la evolución.

Osorio fue advertido, de entrada, que nada le iba a ser sencillo en un seleccionado que se devora entrenadores más por lo que son y no por lo que hacen. Mediáticamente nadie se interesa en el fondo del plan, más bien se prefiere demonizar lo que se ve en la superficie.

Las rotaciones que utiliza Osorio como norma -y no como excepción- han sido una “incomodidad” que le ha adherido a su proceso.

No porque esta situación aplicada al Tri lo orille a renunciar a sus principios, sino porque ha tenido y tiene que desafiar la oleada de críticas que le caen como mazazo a su manera de proceder en el armado del equipo.

Sin embargo, Osorio ha preferido mostrarse aplomado para transmitir tranquilidad al grupo y ha aguantado toda la artillería de cuestionamientos que le han lanzado los menos optimistas.

Partiendo desde la idea que ningún técnico es capaz de transmitir un mensaje en el que no cree, su perseverancia en tratar de imponer un modelo de juego cambiante y más asociado a lo que puede presentar el rival le ha dado más razones que dolores de cabeza.

Quizás esta “anormalidad” llevada al extremo y sin caer en vacilaciones por las presiones en un país que no es el suyo, es parte del éxito que hoy cosecha Osorio.

Hay quienes se inclinan por entrenadores que le den un sello distintivo al seleccionado y que sean los adversarios los que se preocupen por descifrar ese estilo. Sin embargo, no necesariamente lo que hace Osorio le resta beneficios.

El colombiano busca el equilibrio y tratar de juntar toda la riqueza futbolística que tiene disponible en función de un plan, casi siempre, ocasional. Y ello se antoja impredecible para el rival: el Tri nunca ofrece las mismas señales del partido anterior, lo que también puede resultar una ventaja.

Mal no le ha ido a Osorio. No apuesta a conceptos esenciales más complejos porque entiende que no son tan sencillos de ejecutar en un seleccionado de escasos entrenamientos para poder ensayar.

Más bien su lógica es la ilógica de sus detractores: primero asegura un equipo para ganar un partido mientras va sembrando su idea. Y si lo que quieren son resultados, ahí los tienen.