En las dos columnas previas compartí algunas reflexiones sobre la importancia que tienen las ciudades como motor del desarrollo para el país, así como la relevancia de las universidades como detonador y eje articulador de los esfuerzos de la sociedad, las empresas y el gobierno para el desarrollo de las ciudades.

Para abundar en este tema dedicaré esta entrega a la inmigración, un fenómeno que tiene mucho que ver con el éxito de las ciudades y de las universidades en cumplir su misión de ser un impulsor de desarrollo y bienestar para la sociedad.

Casi toda nuestra relación con el fenómeno migratorio pasa por nuestra condición de país, no sólo emisor, sino de tránsito de inmigrantes ilegales hacia EU y los problemas que esto genera en materia de derechos humanos, inseguridad, presupuesto y repercusiones para el entorno físico y social.

Sin minimizar esta problemática, pienso que debemos de ampliar la discusión del tema migratorio hacia una visión más integral, no sólo para buscar mitigar sus problemas, sino para aprovechar su potencial como motor de cambio social, de avance tecnológico y de desarrollo económico.

La migración ha sido históricamente una manera natural de las sociedades de atraer talento, de adquirir nuevas capacidades, abrir nuevos mercados, diversificar y hacer más productivas a sus economías. La inmigración hizo de Estados Unidos (14% de su población actual es inmigrante) el centro de innovación mundial desde el siglo pasado, y las historias de éxito de países como los Emiratos Árabes Unidos (84%) y Singapur (43%) no se explican sin altas tasas de población inmigrante.

Australia (28%) y Canadá (22%) han logrado desarrollar y aprovechar sus enormes territorios y recursos naturales gracias a exitosas políticas de inmigración. La Europa desarrollada ha logrado mitigar los problemas de envejecimiento de su población gracias a la recepción de millones de inmigrantes en las últimas décadas.

Una de las razones por las que Alemania (15%) a diferencia de Japón (2%), que lleva casi tres décadas de estancamiento económico, ha logrado continuar con su milagro económico posterior a la 2ª Guerra Mundial es porque ha tenido una actitud más abierta hacia la inmigración.

Para lograr desarrollar el potencial de la inmigración necesitamos hacernos más atractivos para los migrantes, y eso es algo que no hemos logrado. Actualmente apenas 1% de la población de México es inmigrante, porcentaje muy inferior al promedio mundial de 3.3%, y por debajo de países como Argentina, Costa Rica, República Dominicana, Ecuador y Paraguay.

Todas las ciudades prosperas tienen una cosa en común: capacidad para atraer a personas inteligentes y permitir que colaboren entre ellas. Sin capital humano no hay ciudad prospera.
Aspirar a tener ciudades prosperas es muy relevante, ya que entre países se da una correlación casi perfecta entre urbanización y prosperidad. A medida que la proporción de población urbana aumenta en un 10%, el rendimiento per cápita aumenta en una media de 30%. Los ingresos per cápita son casi cuatro veces más altos en los países donde la mayoría de la población vive en ciudades que en aquellos donde la mayoría vive en áreas rurales.

En México es necesario tener una política migratoria integral y promotora de los perfiles relevantes para mejorar las capacidades productivas y de organización de nuestra sociedad, por ejemplo, en ciencias, nuevas tecnologías, economía del conocimiento, entre otros.

Algunos países ofrecen incentivos económicos, otros capacitación o una oferta de servicios públicos competitiva. En México podemos trabajar en muchos frentes, desde lo más básico, como agilización de trámites para revalidar estudios, permisos de trabajo temporales para perfiles que nos interesan, hasta la promoción activa de la oferta de servicios y beneficios que se tienen al residir legalmente en nuestro país.

El talento está distribuido en todo el mundo y las ciudades más exitosas serán las que logren crear las condiciones para concentrar una buena parte del mismo, independientemente de su país de origen. En esta labor las universidades son a la vez un imán de talento y uno de sus mayores beneficiarios, pues expanden su capacidad de generar conocimiento, de transmitirlo y de transformarlo en beneficios para la sociedad.

Se trata de aprovechar una visión distinta a los problemas cotidianos, de aprovechar nuevos conocimientos para enfrentar retos y compartir know-how con jóvenes mexicanos que hoy aspiran a mejores oportunidades.