Muy famosa fue en su tiempo, fines del siglo 19 y principios del 20, la Botica de Guadalupe en Saltillo. Don Antonio Goribar, dueño y farmacéutico a la vez, tenía bien fundada fama de ser muy bueno para surtir las recetas de los médicos, en su mayoría medicinas en forma de brebajes, untos y pomadas que habían de prepararse mezclando polvos, hierbas, mantecas y líquidos de las múltiples sustancias que guardaba en los estantes y las vitrinas de su establecimiento. Aquel boticario era experto en pesar gramos y centigramos en delicadas balanzas, triturar hierbas y granos en el mortero y medir onzas, mililitros y cuartos en probetas y botellas simples o de formas y colores caprichosos.

A su gran fama de boticario añadía Goribar una enorme habilidad para enterarse, como se dice “de pe a pa”, del mal que aquejaba al enfermo, la opinión del médico que lo atendía y la situación particular de los parientes y los sirvientes de la casa. Además, mientras hacía sus labores farmacéuticas, era capaz de conversar con el cliente y al mismo tiempo sostener plática con los señores que ocupaban las sillas de tule, entre el mostrador y una de las puertas, y que se reunían ahí para hablar de negocios, economía, política y religión, comentar las noticias recientes de la capital del País y también de las familias y los últimos chismes de la ciudad, mientras que otros leían los periódicos de México, sin faltar la lectura en voz alta de algún aspirante a escritor o poeta y la gracia y el picor del más chismoso del pueblo.

La Botica de Guadalupe, ubicada entonces en la esquina de las calles hoy de Zaragoza y Ocampo, a un costado del Palacio de Gobierno, fue el sitio preferido para reunirse en constante tertulia los señores de Saltillo, sobre todo antes de la comida, en las tardes después de la siesta y durante las primeras horas de la noche. A esas reuniones se referían las gentes, dice Miguel Alessio Robles, con el mote de “mentideros”, por los muchos chismes y cuentos ingeniosos y subidos de color que ahí se contaban y que en un dos por tres podían acabar con el buen nombre de cualquiera. Igual que en las tertulias organizadas en las casas de las familias distinguidas, donde se reunían las damas, en la botica se contaba cuanto sucedía en la ciudad y también se hablaba de los cortejos de los jóvenes y las serenatas que llevaban a las muchachas, los nuevos noviazgos y el escándalo provocado por alguna señora que se atrevía a romper las reglas sociales, además de las herencias y los testamentos, las ganancias que dejaban las minas de Sierra Mojada, los negocios de los comerciantes y banqueros, las cosechas de los hacendados, los buenos vinos y los ultramarinos importados de Europa.

Impresionaban en la botica los anaqueles pintados de verde y los tarros de fina porcelana o botámenes, en cuyo negro marbete se leían nombres extravagantes escritos con letras doradas, que podían llenar de espanto a los profanos. Los menciona en sus historias don José García Rodríguez, poeta emblemático y primer cronista de Saltillo, y hace somera descripción de lo que era la botica, palabra hoy desplazada por el término farmacia: “Arsenicum Lodatum, Causticum, Chamomilla Matricaria, Cinchona Officinalis, Strychnos Nux Vomica, Ipecacuanhna, Opium, Secale Cornutum… Frascos de cristal con palos de orozús, azúcar cande y pastillas de goma; en el sotabanco el bote de la manteca, el balde con las sanguijuelas y el garrafón de agua destilada; en el centro del mostrador el fanal de vidrios opacos, camarín misterioso de las balanzas de precisión, de las espátulas, los morteros, donde se forjaba la salud o la muerte en forma de píldoras, papeles y cucharadas; y en uno y otro lado como ventrudos heraldos, los globos de cristal con agua de color y sendas lámparas detrás, que lanzaban en la noche, sobre la oscuridad de la Plaza de Armas, su emblemática luz roja y verde”.