“En uno de sus meñiques reverberaban dos gruesos brillantotes que, antes, se les decía de jugador y ahora, de general, y cuando metía la mano en el bolsillo del pantalón, quedábase fuera el dedo derramando fulgores; en su corbata estaban siempre prendidas las luces de una esmeralda. Este señor elegante enseñaba idiomas
 Nos dejaba estupefactos a todos sus alumnos con las coloreadas narraciones de sus andanzas por tierras de Europa”, escribió el ilustre Artemio de Valle-Arizpe de su maestro de francés en el Ateneo Fuente en los albores del siglo 20, el doctor Antonio María Zertuche.

Educado en Europa, obtuvo su título de médico en alguna universidad estadounidense e impartió sus clases en el Ateneo por muchos años. Todavía aparece como maestro en el Anuario de 1941. Todos los que le conocieron coinciden en su elegancia para vestir. 

Algunos estudiantes ateneístas de los años treinta lo describen en sus memorias, ya viejo y cansado, caminando con sufrimiento y subiendo con gran dificultad los escalones de la entrada principal, y recuerdan con piedad al viejo y flaco caballo que tiraba del guayín en que se transportaba, al que apodaron el “Cuatro vientos” porque apenas podía con el peso enorme del doctor Zertuche. 

Siempre lo dejaba el doctor en la entrada del Ateneo y los muchachos se congregaban a ver su llegada, esperando poder contemplar un día la voltereta del carruaje en el momento en que bajaba el pasajero, lo mismo que al abordarlo cuando se retiraba de la escuela. La generación 1933-1937 reconoce al maestro Zertuche con el mote de “El Pelón”, ganado a fuerza de intentar cubrir la pronunciada calva con un complicado peinado de su ralo cabello teñido de negro, igual que su abundante bigote.

“Su voluminosa humanidad provocaba risas frecuentes y burlas irrespetuosas  y luego su andar penoso y fatigado. Siempre iba todo de negro hasta los pies vestido: albeante camisa con cuello y puños relucientes y almidonados, enjoyados estos últimos con un par de preciosas mancuernillas, en su corbata un fistol le era imprescindible; y sus joyas las completaba con un bello pastoral de piedra azul en rico engarce, del que a cada instante hacía resaltar su belleza, ya que cuando quería indicar a algún alumno para que diera la clase o contestara a alguna pregunta, lo hacía siempre con el dedo meñique de la mano derecha que lo portaba. Nadie le entendía, y el aburrimiento de su clase terminaba cuando algún osado le suplicaba que nos contara de su estancia en París, en Londres o en Estados Unidos, lo que hacía gustoso don Antonio, pues pocas le parecían las ocasiones para darse baños floridos de grandeza. Siempre fue el mismo, severo y rígido a veces, bondadoso las más. Su nombre se evocará siempre con cariño y veneración”, palabras que le dedica Florencio Barrera Fuentes. 

Sus clases no le impedían ejercer su profesión, de la que al parecer gozaba del aprecio saltillense. Cuando Saltillo se vio asolado por la epidemia de fiebre amarilla, se volvió incontrolable la mortandad y el número de fallecidos. Las autoridades le pidieron entonces al doctor Zertuche, médico municipal, que señalara los muertos por la epidemia con una cruz de tiza en la frente, a fin de que los sepultureros los recogieran y los depositaran en una fosa común del cementerio. Seguramente un día lo hizo con tanta prisa que provocó la siguiente anécdota, contada por el cronista de la ciudad, Armando Fuentes Aguirre, Catón, en sus “Historias de comercio y de comerciantes de Saltillo”. Dice que iba el sepulturero con su tenebrosa carga rumbo al panteón cuando uno de los “cadáveres” recobró el conocimiento e intentó bajarse del carro: “Epa, amigo. ¿A’onde cree que va? El “muertito”, que era un conocido churrero, le dijo asustado: “Yo no estoy muerto”, a lo que respondió el carretonero: “Acomódese ahí, a poco va a saber más usted que el doctor Zertuche”.

Esperanza Dávila Sota
DESDE MI BARRIO