La Revolución Mexicana costó un millón de muertos. Entonces, era el 10 por ciento de nuestra población. Ese trauma ha estado atrás de lo sucedido a lo largo de los siguientes 100 años.

Nos trajo la Constitución de 1917: una nueva institucionalidad con marcada tendencia socialista. Creaba un Estado fuerte, con una Presidencia igualmente poderosa, balanceada por visiones socializantes en materia agraria, de salud, vivienda y educación.

Pero también trajo el pacto posrevolucionario armado tras bambalinas. El ahora PRI fue configurado al estilo del corporativismo estrenado por la Alemania nazi. Una pirámide social jerárquica que simuló la democracia en aras de favorecer la industrialización acelerada del País.

Durante décadas los discursos políticos alabaron la Revolución Mexicana. Su lema era “Sufragio efectivo, no reelección”. Curiosamente, como sucede en la publicidad comercial: dime qué anuncias y te diré de qué adoleces.
Eventualmente, el pacto afloró explícitamente en la constitución de 1983. La economía se repartió en tres sectores: público, privado y social. Entiéndase: políticos, empresarios y líderes sindicales. Cada grupo con su tajada.

Hubo paz y prosperidad… por algún tiempo. Crecimiento del 7 por ciento sostenido. Así se configuró la “dictadura perfecta”, con su democracia simulada, con el PAN idealista sirviendo, conformándose con ser la conciencia democrática ignorada por el PRI. 

La desgracia de México ha sido tratar de mantener con vida ese pacto que en 1983 también incluyó la planeación democrática, la rectoría del Estado y el Plan Nacional de Desarrollo.

El pacto que debió desaparecer con la ola democrática mundial y la caída del muro. Sin embargo, se ha tratado de mantener con un mismo tipo de solución: la burocratización y la cooptación de la oposición. 

Ello explica los sueldos multimillonarios en el INE, IFAI, Cofeco, Cofetel, etcétera. Explica la apertura y el subsidio derrochador a partidos minoritarios. Los herederos del pacto pagan lo que sea para no desmantelar sus privilegios. 

En los últimos 30 años, algunos empresarios crecen sus empresas al 30 por ciento anual. Los políticos con megasueldos y manos libres a la corrupción. Los líderes sindicales son pequeños Napoleones cleptómanos. Ah, eso sí, los integrantes del pacto no se atacan, sino que se respetan y se toleran. Tenemos evidencia de ello todos los días.

La gente excluida del pacto son los empresarios frustrados que se van a Estados Unidos y/o quienes trabajan en un México maquilador, con sueldos que no alcanzan para ahorrar nada. En consecuencia, las ciudades quebradas, sin jueces ni policías bien pagados, y un titipuchal de necesidades insatisfechas.

Está muerto el pacto y el cadáver putrefacto. Ha producido miseria, y ésta delincuencia e inseguridad. Pero sus beneficiarios milagrosamente comen bien de un México carcasa.

Esta capacidad de engaño ha producido otra aberración que se llama Andrés Manuel López Obrador, a quien el pacto posrevolucionario le ha regalado Morena y 400 millones anuales para que los deje trabajar en paz. O sea que el pacto corrupto puede todavía costar mucho más.

A los excluidos convoco a hacer borrón y cuenta nueva. Ya es tiempo de otro pacto: uno libre de burocracias, de parásitos subsidiados, corrupción e impunidad. Enterremos ya la revolución de hace un siglo, y junto con ella el pacto posrevolucionario inservible y putrefacto y sus políticos subsidiados. 

Es tiempo de un pacto nuevo, basado en conocimiento. Este nuevo pacto se puede construir en un tiempo récord y someterse a un plebiscito nacional. Empresarios a jalar, pero todos. Y a jubilar partidos y otros parásitos sociales.
El pacto posrevolucionario sigue costando. Tenemos todo para reemplazarlo. Querer es poder, saber es poder, información es poder.

javierlivas@prodigy.net.mx