Durante un año vi sobre la blanca puerta principal de la casa de mis padres, la tapa blanca de un excusado. Mi padre la había clavado allí y luego pintó en ella el número de la casa: 404.

Lo hizo porque sí, así como de pronto hace mesas más altas de lo normal, repisas que no funcionan para colgarse por lo pesado de los maderos que elige, siempre de alguna madera significativa, como las trabes de la casa de sus suegros; o bien, sartenes a punto del deshecho a los que coloca fragmentos de otros cuerpos metálicos para suplir los asideros faltantes y los vuelve a la vida para que sean usados en la cocina. 

Este emblema a la entrada de la casa, fue el primer signo de locura creativa que mi mente registró como un acto natural. No lo cuestioné, creo que estaba tan habituada a los actos excéntricos de mi padre y tan ocupada con mi adolescencia, que este hecho se integró a la familiaridad de lo cotidiano.

Para él no hay nada de malo en colocar la tapa de un excusado en la puerta de una casa: “la gente cuelga todo tipo de cosas extrañas, ¿porqué yo no podía hacerlo? A mí me gustó esa tapa”. Cuando andaba por el barrio y le preguntaban que dónde vivía, decía con énfasis: “allí en la casa que tiene el excusado en la puerta”.

A mi padre le apetece escandalizar con frases y actos simples: decir que tiene ganas de comer gato guisado con orégano (alguna vez lo hizo en el desierto a falta de otra cosa) o bien, toma un pan dulce rebosante de azúcar y lo embarra con frijoles refritos en búsqueda de que alguien en la mesa arrugue la nariz.

Recientemente me contó que cuando era niño, estuvo a punto de robar un banco con un amigo suyo, Gerardo García. De inmediato pregunté que cuál banco, en espera de una divertida historia de dos pequeños asaltantes. Pero no, siempre me sorprende su mente con otro camino: querían robarse un banco de la escuela, es decir, un mesabanco de madera que hacía cinco sonidos distintos al golpearlo. Desde pequeño le gustaban las percusiones y es muy bueno en eso.

“Se lo íbamos a pedir al profesor pero no nos lo iba a dar”. Lo querían para acompañar los boleros que interpretaban entre clase y clase junto con la maestra Aurora Arocha, una de las encargadas de los grupos en el Colegio Monclova. Ella era la única que se sumaba con su voz, a los intermedios musicales de dos púberes que obtenían notas graves y agudas del mesabanco, en donde Gerardo y él se sentaban para tomar las clases.

Mi padre ha hecho música con palos de escoba, con tinas de metal y todavía acompaña su canto, percutiendo la lámina del costado de la silla de ruedas que usa para desplazarse. A los 20 años acompañaba al grupo Los Criollos de Monclova con su voz, percutiendo claves, rasgando el güiro, o haciendo sonar el pandero y las maracas.

Otra cosa que hacía era vestirse de manera distinta a lo habitual. Esto cautivó a mi madre. Ella dice: “era lo que ahora se conoce como metrosexual”. Este comentario no la agrada absolutamente a mi padre y reprueba nuestras risas. Sin embargo asiente cuando ella dice: “no salía a la calle si no estaba perfectamente combinado. Si los zapatos que había no armonizaban con el verde menta o verde olivo de su ropa, se ponía unas teguas que elegía del color apropiado”. “Ay Guillermo, yo no sé qué te pasó”, dice.

Entiendo su comentario porque ahora él elige su ropa por funcional hasta que se hace girones. Él explica que para qué vestirse así, luego de haber perdido la movilidad de sus piernas en un accidente automovilístico, hace cuarenta y siete años.

Siguen sus manos con lijas y clavos que hunde en la madera para hacer bancas que pinta de color rojo intenso. Perfora pequeños frascos plásticos sobre los que coloca cinta médica para anotar nombres de sustancias que guarda allí y que siempre corresponden a otra cosa. Su mente dialoga a la perfección con el desarreglo de los sentidos. Él es una fuente de inspiración que hasta hace algunos años, he hecho consciente.

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