Esta muchacha ha sido acusada de ladrona en un país donde el robo es castigado con la pena de muerte. Trabajaba de criada en la casa de un viejo rabo verde que pretendía obtener sus favores. 

La muchacha, virtuosa, rechazó una vez y otra vez la indecorosa petición. Cierto día el salaz empleador se dio cuenta de que habían desaparecido de su casa algunas posesiones: un anillo de brillantes, una cucharilla de plata, unos pendientes de oro. Repitió su procaz instancia, y añadió a ella palabras de amenaza: si la muchacha no se le entregaba él la acusaría de ladrona ante el tribunal. Ni aun así logró el torpe carcamal que la doncella rindiera su virtud. La acusó entonces, y tras un breve juicio la infeliz joven fue condenada a muerte. Ya la llevaban al patíbulo cuando de un árbol cayó el anillo robado. Había una ladrona, sí, pero no era la muchacha: era una urraca.

He narrado a grandes rasgos —y quizá con variaciones— el argumento de la ópera “La urraca ladrona” (La gazza ladra), de Rossini. En esta deliciosa pieza se recoge la mala fama que la tradición popular ha dado a las urracas, de ladronas. Y lo son, en efecto. Recuerdo todavía que en mi casa, que es la de ustedes, teníamos el problema de una pandilla de urracas que se metían de rondón hasta el pequeño cuarto donde dormía el Terry, nuestro amado perro cocker, para robarle las croquetas. No ganábamos  para mantenerles el vicio a las rateras. Campeaban por el jardín como dueñas y señoras, y hacían un escándalo de todos los demonios, pues no contentas con quitarle su comida al Terry se robaban el botín unas a otras.

Me he puesto a leer cosas acerca de las urracas (si no puedes vencer a tu enemigo lee acerca de él). Curiosamente el nombre de la urraca fue en un principio nombre de mujer: Urraca. Como su grito da la semejanza de ese nombre, de ahí salió el del pájaro. El nombre científico de la urraca suena a picardía: se llama Pica pica. Al menos tal es la designación del género que en Europa se conoce. Nuestra Pica pica es más pequeña —dicho sea sin picardía—, y se llama Quiscalus macrourus. En la Laguna las urracas son “zanates”, del azteca zanatl. En Villahermosa oí que les dicen “pichos”. En Campeche y Yucatán hay un nombre para la urraca: cahuix, y otro para el urracón: zocao. En otras partes la urraca es papate o pájaro prieto.

Tengo un curioso libro de Zoología publicado al comenzar el siglo veinte. Su autor es un profesor: M. Rovirosa. El sabio maestro habla muy mal de las urracas y cuenta de ellas cosas peregrinas:
“... Su glotonería las conduce al hecho no raro de caer sobre los pollos de las gallinas que andan en los prados, abrirles el buche y extraerles los granos de maíz con que se habían alimentado... 

Los niños hacen una tenaz persecución de sus nidos, por los objetos que en ellos hallan, que van desde cintas de colores hasta rosarios, escapularios y reliquias de santos...”.

Si las urracas roban reliquias de santos ¿ha de asombrarme entonces que le robaran a mi amadísimo Terry sus croquetas? ¡Desgraciadas!