Lady Loosebloomers tuvo una tremenda discusión con su mucama. Declaró ésta: “Usted me tiene tirria porque soy más guapa que usted”. “¿Quién te dijo eso?” –se amoscó milady. “Su marido” –respondió desafiante la cocinera. En seguida añadió: “Además en la cama soy mucho mejor que usted”. Bufó lady Loosbloomers: “¿También eso te lo dijo mi marido?”. “No –replicó la muchacha–. Eso me lo dijeron el mayordomo, el jardinero y el chofer”… Se cumplió la terrible pesadilla que Stanley Kubrick intuyó en “Dr. Strangelove”, y el mundo fue destruido por una serie de explosiones nucleares. Sobrevivió nada más una pareja de monos. Pasada la conflagración el macho se acercó a la hembra con evidente intención procreativa. Ella lo rechazó. Le dijo: “No quiero comenzar todo otra vez”… Doña Macalota ingresó en un club nudista, pero duró ahí sólo un día. Le explicó a su esposo: “No me gusta estar en un lugar donde todas las mujeres traen lo mismo”… Libidio se quejó del hospital donde había estado: “Lo que más me molestaba era esa costumbre de las enfermeras de hablar en plural: ‘¿Cómo amanecimos?’; ‘¿Cómo nos sentimos hoy?’ Lo peor fue cuando le agarré las pompis a una. Nos dio una cachetada”… Un limpiador de ventanas cayó desde el piso 100 de un edificio. Su inconsolable viuda cobró el seguro de 5 millones de pesos. Le dijo el hombre que le entregó el cheque: “Con este dinero podrá  usted rehacer su vida”. “No lo creo –contestó la mujer entre sus lágrimas–. Pero si me vuelvo a casar será con otro limpiador de ventanas”… Don Cornulio llegó a su casa en horas en que no se le esperaba, y sorprendió a su esposa con un desconocido. Desconocido para don Cornulio, digo, pues la señora parecía conocerlo bien: lo llamaba “pichoncito”, “cosa rica” y “papachón”. Al ver a su mujer en ese trance don Cornulio prorrumpió en dicterios: “¡Zorra, vulpeja, raposa! ¡Víbora, crótalo, sierpe! ¡Escorpión, sabandija, alacrán!”. “¡Ay, Cornulio! –le dijo ella con tono quejumbroso–. Tú estás fuera todo el día; ves gente; andas en la calle… ¿Y yo no puedo tener una distracción?”… Pan y circo se daba en Roma al populacho para tenerlo entretenido. Aquí en México nos quieren dar PRI y circo. Eso –circo, tinglado, farsa– es el anuncio, que quiso ser espectacular y sonó hueco, en el sentido de que se iniciará un proceso que podría –podría– concluir con la expulsión de cuatro priístas –¿por qué tan pocos? – del partido del Gobierno. Desde luego ese anuncio ha sido motivo de irrisión, como en su tiempo fueron las actuaciones de Virgilio Andrade. En las circunstancias por las que atraviesa el PRI el hecho de ser expulsado del partido puede ser ventaja más que castigo. Los ciudadanos han visto esto como burla: la sanción para los corruptos debe ser la cárcel; lo demás es chupaleta para críos a los que se puede engañar y distraer. Un acto así no convence a nadie; lo único que logra es suscitar sospechas sobre la capacidad de Enrique Ochoa para poner al partido oficial en aptitud de competir decorosamente en la próxima elección presidencial. La expulsión de aquellos señores no tendrá efecto alguno en la percepción que la gente tiene del PRI y del Gobierno. Únicamente la denuncia formal de los sinvergüenzas, su sometimiento a la autoridad judicial correspondiente y su condena penal pueden borrar en la ciudadanía la impresión de que seguirá reinando la impunidad que tanto daño ha hecho al País y que tiene a los mexicanos en un estado de irritación que llega ya al hartazgo. Guárdense, pues, sus expulsiones los priístas. Es como echar unas gotas de aceite en un mar proceloso para calmar su oleaje. Y más no digo porque no tengo ya más qué decir… FIN.