Especial

Hay dos hermosos panteones en la Ciudad de México que me gusta visitar. Uno es el de San Fernando, al lado del templo de ese nombre. Otro es el del Tepeyac, cerca de la Basílica de Guadalupe.

En este último cementerio reposa la parte mortal de don José de Jesús Cuevas. Fue abogado este señor, y buen católico. (Una cosa no quita la otra). En tiempos de don Porfirio Díaz la política lo llevó a ser diputado en condiciones no muy claras. Por exigencia de su partido hubo de acudir a la Cámara a rendir la protesta constitucional. Pero cuando se le hizo la pregunta de rigor –¿Protesta usted…” etcétera- él respondió con voz clara y robusta:

-¡No protesto!

“Hombres de este temple -escribió un comentador- sólo se encuentran una que otra vez, y eso con linterna”.

Es cierto.

Y sin embargo sé de otro hombre igual. En el cerro llamado del Judío, que señoreo sobre Real del Monte, se encuentra el viejo cementerio donde descansan los ingleses que vinieron a México, y al Real, en busca de plata. Están ahí esas tumbas del siglo antepasado cuyas lápidas ostentan los nombres de los aventureros que cambiaron las brumas de su país natal por la neblina que se hace hilos en El Hiloche, hermoso bosque umbrío entre las minas.

Todas las tumbas están orientadas hacia la misma dirección: hacia Inglaterra. Todas, menos una. Sucede que llegó un payaso inglés a Real del Monte. Venía en el circo de Ricardo Bell. Ahí contrajo unas calenturas perniciosas. Ya en la agonía de la muerte pidió con débil voz que lo enterraran en el Panteón de los Ingleses.

-Pero no quiero -dijo- que mi tumba se oriente hacia Inglaterra. Quiero que apunte hacia la dirección contraria.       

 -¿Por qué? -le preguntaron los presentes, imaginando alguna historia trágica. Y respondió él con su última sonrisa:

 -Por payaso.

 Me habría gustado conocer a ese hombre. Sabía él que incluso en la presencia de la muerte se puede sonreír.

 Ayer sábado vi sonreír a la bóveda celeste: una golondrina hacía volatines en el hilo del aire, bajo el azul del cielo. No vino con las alas vacías esa golondrina. Declaró en mi aduana toda la leve carga que traía: el recuerdo obligado de la rima de Bécquer; del cuento del feliz príncipe de Wilde; del viejo poema que recité en mi niñez a los presos de la Penitenciaría, por la calle de Castelar: “La pólvora estalló, / silbó la bala, / la golondrina con el pecho herido, / rota, caída, destrozada el ala, / cayó desde lo alto de su nido…”. Luego me recordó a todas las golondrinas cancioneras: las de la trova yucateca, que vinieron en tardes serenas de estío; las del Pat Boone de mi adolescencia, que comparecían en Capistrano con puntualidad de tren inglés; la de Agustín Lara, que llegó en el momento en que él componía uno de tantos salmos de su melancolía…

Yo saludé en silencio a aquella golondrina benemérita que llegó a mi casa del Potrero.

La saludé y le di las gracias, porque me dijo que por duros que sean los tiempos siempre habrá golondrinas.