Los silbantes mexicanos han abdicado a ser los garantes de la moral del juego. Créanme cuando les cuento, estimados lectores, que ya me da pena escribir del arbitraje. De cualquier modo, en esta ocasión me voy a tomar la libertad de relatarles un par de anécdotas. 

Hace algunos años, Marcel Pérez Guevara había realizado un arbitraje cuestionable en el Azteca. Al término del partido repentinamente ingresó don Javier Arriaga (máximo jerarca de los hombres de negro) gritoneándole. Marcel, lo paró en seco: “Don Javier, en la oficina me puede decir lo que guste; pero aquí en la caseta, yo soy la máxima autoridad, por lo que le suplico que abandone de inmediato mi vestidor”. Arriaga, atónito se marchó. Pérez Guevara fue regresado a la Segunda División varios meses; pero volvió para consolidarse en el máximo circuito y llegar a portar orgulloso, en el pecho, el gafete FIFA. 

En otra ocasión, Cristian Zermatten, reclamando airadamente alcanzó a tener un contacto con Felipe Ramos. El reporte arbitral fue contundente ¡Me agredió! Nadie intentó modificar la cédula ni minimizar los hechos. El resultado, un año de suspensión para el agresor. 

Meses después, me tocó pitar en el torneo “Pachuca, cuna del futbol mexicano” un partido de Pumas. Grande fue mi sorpresa cuando vi en la alineación a Zermatten “¡Momento!, este sujeto no puede jugar, tiene un año de suspensión por haber golpeado a uno de mis compañeros”. Efectivamente, sin embargo, como ya va a cumplir su sanción, tenemos un permiso firmado por Aarón Padilla (en aquel tiempo Presidente de la H. Comisión Disciplinaria) para que Cristian pueda jugar los amistosos. Es más la semana pasada ya jugó en Mérida. Si usted quiere señor Brizio, le traemos el permiso. “Miren, tráiganme el permiso firmado por Aarón Padilla y también tráiganme otro permiso firmado por Dios, nuestro señor, pero si juega Zermattén… ¡Yo no arbitro!... háganle como quieran”, atiné a contestarles. Los Pumas juraban que “yo no volvería a arbitrar jamás”, que “esto iba a llegar hasta la FIFA”… Por supuesto que no jugó.

La dignidad es la cualidad del que se hace valer como persona, se comporta con responsabilidad, seriedad y con respeto hacia sí mismo y hacia los demás y no deja que lo humillen o lo degraden. Pero en la actualidad los árbitros mexicanos, tristemente, creen que “la dignidad es un triste sentimiento inventado por timoratos… para chantajear al prójimo”. 

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