El otro día me sucedió algo interesante. La verdad es que todos los días me sucede algo interesante, pero ese día me sucedió algo más interesante aún.

Fui a Monterrey a grabar mis comentarios para la televisión. Llegué al edificio de Televisa, y al acercarme encendí las luces de mi coche a fin de avisar de mi llegada al encargado del estacionamiento, y que levantara la “pluma” para poder entrar.

El guardia me hizo seña de que me detuviera y vino hacia mí. Me dijo fue que en esa ocasión me habían reservado lugar ahí mismo, en la calle, a un costado del edificio. Le di las gracias, estacioné el coche y entré a hacer mi trabajo.
Debo decir, para esto, que en el asiento del pasajero dejé mi iPad, mis lentes oscuros y una rasuradora portátil, amén de un sobre con papeles importantes para mí.

Grabé mis comentarios, pues, tarea que me llevó poco más de media hora; salí del edificio y fui a mi coche. Me extrañó ver que en la calle, al lado del vehículo, estaba un vendedor de dulces con su carrito.

-Lo vi entrar, don Armando -me dijo el joven dulcero-, y lo esperé.

Todo aquel que aparece en la televisión, confiéselo o no, es algo vanidosillo. En mi caso esa vanidad se alarga mucho, pues de por sí no tiendo a ser humilde. Pensé que el muchacho me había esperado para pedirme un autógrafo o tomarse conmigo una selfie. Siguió diciendo él:

-Es que dejó usted abierta la ventanilla de su coche, y como vi que trae objetos de valor me quedé aquí para cuidárselos.

Aunque no me lo crean, me quedé sin habla. Cómo sería de grande mi confusión, que saqué de mi cartera un billete de 100 pesos para dárselo al dulcero, siendo que traía otro de 50.

-Muchas gracias -le dije al tiempo que le tendía el billete-. Acepta esto, por favor.

-No, don Armando -rechazó el muchacho-. No lo hice por eso. Es que lo veo todos los días en la tele. Me gusta mucho lo que dice, y quise servirle en algo.

Tuve que ponerle el billete en la bolsa de la camisa. Sólo así se llevó el joven aquella muestra de mi agradecimiento.

No acaba ahí la historia. Esa noche cené con dos amigos y les conté la historia. Uno dijo en tono reflexivo:

-Todavía hay gente buena en este mundo.

El otro comentó, áspero:

-Pos cómo eres pendejo. Mira que dejar en el coche objetos de valor. ¡Y con la ventanilla abierta!

Hay quienes ven el lado bueno de las cosas. Otros, en cambio, tienen la visión sombría, y miran sólo el mal. Por eso puse al frente de estas intrascendencias el título “Parabienes y paramales”. Reconozco mi pendejez. Y no lo digo por humilde, sino por elemental sentido de la realidad. Pero celebro que esa pendejez haya servido muchas veces -como ésa- para que se manifestara la bondad de mi prójimo.