ESMIRNA BARRERA

Me impresionó mucho que Yan Lianke, célebre escritor chino (y crítico del sistema político de la China actual), haya declarado que en sus inicios no lograba desarrollarse como escritor. A los 20 años no había leído libros que no fuesen de autores chinos, influenciado por la revolución cultural maoísta. A los 30 se enfermó y leyó “Pedro Páramo”, de Juan Rulfo, y “fue mi mayor influencia”. De ahí pasó a otros escritores latinoamericanos hasta forjarse un estilo y una carrera exitosa. No es el único marcado por Rulfo. Cuando Gabriel García Márquez intentaba escribir “Cien años de Soledad”, del cual tenía la idea, pero no el estilo, su gran amigo Álvaro Mutis lo encontró abrumado y desesperado y le aventó dos libritos en la mesa: “tenga para que aprenda a escribir”; eran los dos textos de Rulfo. Gabo siempre dijo que esa literatura lo había transformado. Luego terminó su obra más leída y citada. Eduardo Galeano escribió que Rulfo dijo lo que tenía que decir y luego guardó silencio. Otros muchos tomarían a Rulfo como maestro, libro de cabecera o modelo. Otra cosa es que Rulfo es inimitable, como todos los grandes (Kafka, Borges).

Yan Lianke no es el primero que en una enfermedad logra superarse. Otros lo hicieron desde la cárcel. En el primer caso colocaríamos a San Ignacio de Loyola, que en una batalla contra los franceses, en Pamplona, recibió una metralla en una pierna: guardó cama un año. La aburrición lo llevó a leer todo lo que caía en sus manos, en especial novelas de caballería (las que condujeron a don Quijote a la locura), pero su hermana le colocó en su buró vidas de santos y los cuatro evangelios; y los leyó. Loyola chuequeó toda la vida, pero creó la Compañía de Jesús. Tras el año de cama escribió su famoso “Ejercicios Espirituales”. En el caso de los que escribieron durante su estancia en prisión o al ser liberados, está San Juan de la Cruz, Cervantes, Dostoievski, Álvaro Mutis, Luis González de Alba, Primo Levi y cien más.

El tema me parece corresponder a la situación por la que estamos pasando a causa del COVID-19. Tenemos un año de encierro, represión, autocensura, formas de sentimientos de soledad, cierta depresión y búsqueda de actividades en lo que podría pasar por ambas experiencias: enfermedad y reclusión.

¿Qué hemos hecho en esta pandemia dado que no teníamos las libertades que acostumbramos o la quietud para plantearnos un programa de superación? La respuesta es personal, además es difícil saber lo que hicieron otros puesto que no teníamos la posibilidad de escucharlos (ni ellos a nosotros). De entrada, rechazo la palabrería que se ha instalado en la sociedad mexicana acerca del virus y sus retos. Se dedicó demasiado tiempo a describir lo que pasa o a criticar lo que se hizo o dejó de hacerse. Cierto que en la computadora aparecieron no pocos textos bellos, críticos, analíticos sobre la evolución de la sociedad, textos elaborados en Sudamérica, España, Italia y Estados Unidos. En México la “reflexión” sobre el coronavirus casi siempre tuvo un tufo de politización. Puedo decir que en este año de encierro nunca escuché a Televisa, Televisión Azteca, ni siquiera para criticarlas. Los canales de la UNAM, el Politécnico y CNN (Aristegui) me bastaron, aunque a veces me fastidiaban. Ese era el mecanismo para dejar la pantalla y volver a los libros. Leí mucho. Leí libros que tenía guardados.

No tengo idea de cómo ocuparon otras personas este año de pandemia, misma que nos obligó a guardar casa, cancelar relaciones sociales, salir a comprar alimentos temprano para no encontrar demasiada gente. Algo inusual y siempre con temor.

En lo que toca a mis clases a universitarios de 6°, 7° y 8° semestres, considero que ha sido una experiencia invaluable (para mí, aunque puedo afirmar que también para ellos). Hace un año, cuando me dijeron que debería impartir las asignaturas por medio de una pantalla, sentí que mi vida magisterial llegaba a su fin. ¿Cómo puedes expresarle a un aparato los temas que van construyendo una teoría, un análisis, un comentario a un escrito que ellos aún no leen? Pues, para mi sorpresa, logré conectar con placer con los estudiantes.