En el libro “Justicia con toga”, Ronald Dworkin comienza con una anécdota sobre el papel de los jueces, al decir: “Siendo Oliver Wendell Holmes magistrado del Tribunal Supremo, en una ocasión de camino al Tribunal llevó a un joven Learned Hand en su carruaje. Al llegar a su destino, Hand se bajó, saludó en dirección al carruaje que se alejaba y dijo alegremente: “¡Haga justicia, magistrado!”. Holmes paró el carruaje, hizo que el conductor girara, se dirigió hacia el asombrado Hand y, sacando la cabeza por la ventana, le dijo: “¡Ése no es mi trabajo!”. A continuación, el carruaje dio la vuelta y se marchó, llevándose a Holmes a su trabajo, supuestamente consistente en no hacer justicia“.

El juez Holmes aclaraba la anécdota contada por Hand (que también llegó a ser juez). Su trabajo, decía, no consistía en hacer justicia sino en «aplicar el Derecho» («it is my job to apply the law»). Este es un debate clásico de la filosofía del Derecho: ¿los jueces hacemos justicia o aplicamos solo la ley?

Como muchos filósofos del Derecho pienso que Holmes se equivocó en su idea de justicia judicial. La función esencial de los jueces, a mi juicio, es aplicar el Derecho para hacer Justicia. Aplicar la ley, sin justicia, sin rigor jurídico y sin valores previstos en la constitución, genera en muchas ocasiones decidir arbitrariamente sobre el derecho que tiene toda persona a reclamar lo que le corresponde.

Los jueces, por tanto, debemos asumir una determinada convicción judicial a la hora de interpretar la ley: usamos la norma para ser justos conforme a los contenidos previstos en la ley, o bien, no nos importa el ser justo sino seguir la ley aunque sea injusta.

Es claro, sin embargo, que definir lo justo en cada caso concreto es el problema: no puede ser arbitrario ni tampoco caprichoso el significado judicial de lo justo. El juez debe motivar en una norma previa, clara y predecible. Pero el acuerdo es que los jueces debemos impartir justicia.

Los jueces tenemos la prioridad de hacer justicia. El más alto honor de un jurista no es ser magistrado de la más alta corte de su comunidad. Es ser un simple juez que tiene la oportunidad de hacer Justicia.

Los altos cargos judiciales se reparten, a veces con suerte, a veces con méritos y las más de las veces con negociaciones. Pero el solo hecho de ser juez para defender la libertad, la igualdad o la fraternidad, es más que suficiente para la más alta distinción judicial. El asunto es honrarla en cada sentencia, en cada voto o intervención judicial.

El mejor tributo a un juez, por tanto, es que la ciudadanía le agradezca las luchas de justicia que defendió en los casos concretos. Un juez no es representante de intereses populares. En gran medida es un representante de minorías por los derechos a proteger, e incluso en su función muchas veces es antipopular por las decisiones contra mayoritarias que tome en contra del más fuerte o el Estado.

Pero su legitimidad son sus razones judiciales que luego la ciudadanía agradece por tener un juez imparcial e independiente. Es la mejor garantía de la justicia para cualquier conflicto el tener un juez que, sin populismos ni agrados mayoritarios, resuelva con la Ley para hacer Justicia con la Toga.

LOS PASOS JUDICIALES

Un juez, para ser justo, debe saber escuchar primero con la mayor objetividad e imparcialidad en un juicio público. No solo se trata de no prejuzgar sino de saber escuchar la controversia a resolver con la mayor diligencia, transparencia y contradicción para deliberar la cosa justa.

En segundo lugar, los jueces debemos motivar nuestra interpretación de la cosa justa. Debemos ser profesionales del Derecho y saber argumentar, con rigor jurídico, las diferentes formas de significar las normas con escrutinios ciertos, claros y predecibles.

Finalmente, el juez debe resolver en forma justa la mejor interpretación de la norma. Después de escuchar, contrastar y motivar la interpretación conforme a Derecho, debemos optar por la mejor versión de justicia en el caso concreto como la única forma legítima de darle a cada quien lo que le corresponde.

No es una tarea fácil. Cada vez que a los jueces nos preguntan sobre la justicia tenemos que imponer una pena o absolver al inocente, proteger el patrimonio de una familia, resolver sobre la patria potestad o rematar un bien.

¿En manos de quién dejaría su libertad, sus hijos o su patrimonio? En un juez justo o uno que solo resuelva conforme a la ley aunque sea una decisión arbitraria e injusta.

Luis Efrén Ríos Vega

Nació en Saltillo, Coahuila (1971). Es Doctor en Estudios Avanzados en Derechos Humanos por la Universidad Carlos III de Madrid. Es autor, editor y coordinador de diferentes libros, monografías y artículos de derechos humanos.

Fundador de la Academia Interamericana de Derechos Humanos de la Universidad Autónoma de Coahuila. Fue Presidente-Fundador de la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas de Coahuila. Fue Director de la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila.