La historia económica de México no puede dejar de lado la contribución de Coahuila al desarrollo del País como la región productora más importante de carbón de piedra, desplazado hoy por otras “energías limpias”, y la historia social no debe olvidar las vicisitudes de su producción, una historia escrita con lágrimas por los carboneros coahuilenses desde las entrañas de la tierra. Con los rostros borrados por el polvo del carbón, esos intrusos habitantes de un mundo de sombras tan oscuro como la noche se rozan constantemente con la muerte dentro de los yacimientos en su convivencia diaria con el gas metano, las inundaciones y los derrumbes, y diariamente enfrentan la posibilidad de una explosión que puede sepultarlos en vida, como sucedió en la mina Pasta de Conchos en 2006. Catorce años y los familiares ven hoy apenas un rayito de esperanza en la recuperación de los 65 cuerpos que el estallido sepultó.

“La Noche Eterna en las Minas”, un libro escrito por Alfonso Mario Cárdenas Berrueto, es un sentido reconocimiento a los mineros del carbón. Refleja la vida y las vicisitudes cotidianas en los yacimientos carboníferos y confiere a los carboneros atributos distintos al común de los mortales, fruto de la hermandad que sólo se da en el peligro: “Buenos, francos, bromistas, valientes, compartidos y serviciales, siempre dispuestos a dar la mano a quien lo necesita”. En sus páginas registra los dichos comunes cuando reciben noticias infaustas: “Total, nadie se muere la víspera, sólo los guajolotes”, “Uno se puede escapar del rayo, pero no de la raya”, y el uso de la frase irreverente que remite a la acción de algunos burros o mulas para librarse de una vez por todas de las ataduras, y que los mineros aplican con brutalidad al deceso de alguno: “Otro que mascó el mecate”. Esas rudas sentencias mineras reflejan la resignación y el fatalismo, al mismo tiempo que la aceptación de un destino que les da valor para permanecer en el oficio que es su vida y que difícilmente abandonan.

En México no les era permitido a las mujeres entrar a las minas todavía hace unos 30 años. “Es de mala suerte”, decían los mineros. A pesar de esa creencia, el azar me llevó a pasar un día completo dentro de una mina en operación, donde se extraía mineral en greña que ya beneficiado se convertía en plata, plomo y zinc. La sensación fue extraña. Desde que se traspasa la boca, uno ya va preguntándose si los pilotes de madera que sostienen la estibación del túnel tendrán suficiente resistencia para sostenerlo, y antes de penetrar el tiro se mira con angustia el rostro del malacatero, tratando de adivinar si le dará una velocidad razonable y si logrará frenar a tiempo. Ya dentro de la tolva, uno ruega que resista el cable y se concentra en guardar el equilibrio para que la canastilla no roce las paredes del pozo que, de tan cercanas, lastiman la mirada.

El primer nivel era apenas el vestíbulo de un laberinto de pasadizos horizontales y de otro tiro que llevaba a otro nivel más profundo al que se accedía por un elevador, y de allí partían otros túneles siguiendo la ruta de los yacimientos. Una mina es una ciudad subterránea con su red de calles, avenidas y pasadizos, con sistemas especiales de electricidad y extracción del agua y complicados aparatos de ventilación.

La sensación de tener cientos de toneladas de roca sobre la cabeza es extenuante, pero mirar la ruta de una veta, tocarla con los dedos y despertar el mineral dormido para sacarlo a la superficie es inenarrable. Tal vez por eso los mineros no abandonan el oficio de extraer de las entrañas de la tierra lo que en la superficie hace la vida más confortable, aunque paguen a veces el tributo con sus vidas.

Las profundidades de la tierra son un mundo a la vez trágico y apasionante, a la vez nuestro y ajeno. Ojalá Pasta de Conchos pueda entregar lo que la tierra se tragó y llevar la paz a sus familias.