Días largos, lerdos, negros. No hay nada por celebrar y sí para meditar. Entrar en uno mismo, irse a su celda favorita, viajar a una isla desierta. O mejor aún, habitar este desierto norteño donde la soledad y el silencio son hermanos. Son nuestros hermanos. El desierto (“eremos” en griego. De aquí deriva una palabra tan bella fonéticamente, como dura en la vida real: ermitaño, el habitante del desierto) de Coahuila (técnicamente se le llama desierto chihuahuense) es bello, es largo y es inclemente. Es mí desierto y no lo cambio por otro hábitat. Por eso los habitantes de Coahuila somos así: curtidos, siempre en introspección, siempre entrando en nuestra celda interior, siempre hablando con nosotros mismos, guardando cada palabra para cuando hace falta. Sabemos de algo básico: hoy, la riqueza, ayer fue pobreza. Por eso hay necesidad de cuidar y medir lo cual ya se tiene.

Codo viene de codicia. De avaricia. Y los norteños no somos ni codos ni avariciosos. Eso es Andrés Manuel López Obrador y su práctica de una liga menor de la avaricia: el ahorro. Los norteños sabemos administrar y bien, los recursos. Ya sean materiales, culturales o económicos. El desierto es duro, es reacio a desprenderse de sus frutos. Por eso la eterna pugna de nosotros con el centro del país y con el sur siempre atrasado y durmiendo la siesta. Por eso el orgullo de ser del norte y de este enorme y venerable desierto. “Debes amar la nada”, dice uno de los versos de los poemas de la santa Matilde de Magdeburego (1208-1282), versos los cuales dejó escritos en “Luz resplandeciente de la divinidad.”

Agradezco su lectura. Siempre. Varios de los textos aquí editados con tema no político, sino de la vida misma y su relación con nuestra paz y/o tribulación en esta época de pandemia y peste bíblica, han encontrado comentario y eco en varias partes de México. Atentos lectores me piden seguir indagando y arando en tierra fértil, aunque esta tierra sea el desierto. No hay contradicción de por medio. Atentos lectores me piden seguir abonando letras para reflexionar y tratar de encontrar paz en la tormenta en lo cual se ha convertido la vida actualmente. A pocos interesa la política.

Un maestro universitario oriundo de Sonora, pero avecindado en la ciudad de México, me hizo llegar una bella y larga carta sobre mis escritos con este tipo de temática. Agradezco sus palabras de corazón, palabra y pensamiento. También, ha puesto en el sobre el cual ha llegado puntual a mi residencia, un libro antiguo conservado en buen estado: “Sabiduría y dichos de los padres del desierto” y un libro de, digamos, edición reciente, pero muy difícil de conseguir en el ya casi muerto mercado editorial nacional: “Mujeres en busca del amado”, ediciones Obelisco, España. Dos joyas editoriales imposibles de conseguir. Dos joyas literarias de paz y sabiduría.

ESQUINA-BAJAN

Hervir las piedras para hacernos un buen caldo, el cual vendrá a fortificar nuestros huesos ya tostados en el inclemente y rebelde sol. Uno de los hijos predilectos del desierto es el chef, el ingeniero Juan Ramón Cárdenas y éste ha venido a revolucionar a tal grado la cocina norteña, convirtiendo nuestra parquedad en alabanza, nuestros pocos ingredientes en explosión de sabor. Hoy, la cocina norteña es referente nacional e internacional. Amén de hervir piedras y elevarlas a categoría casi divina en sus fogones de “Don Artemio”, Juan Ramón Cárdenas ha reinventado la manera de comer el cabrito, la carne asada, los tacos de lengua; ha reinventado el chorizo y lo ha elevado a categoría de insumo básico y artesanal.

Pero, el alquimista sabe de la riqueza de hoy, la cual se gestó en la pobreza de ayer. El desierto no regala nada. No regala, sino exige. Exige fidelidad, disciplina, tesón, amor, atenciones, paciencia. En todas las tradiciones místicas, el desierto es deseo de soledad, paz y comunión. Soledad, paz y comunión con Dios, el Altísimo. Todo hombre con una pizca de espiritualidad, tiene en su momento el deber y el llamado de apartarse del mundo “real” y encontrarse y profundizar su relación consigo mismo y con Dios. Las tres principales religiones del mundo, el judaísmo, el cristianismo y el islamismo, se gestaron en el desierto. El padre Abraham, Iahvé, Moisés, Jesucristo, Juan y el profeta Mahoma habitaron el desierto. Tan inhóspito, árido y peligroso como éste de Coahuila.

El desierto, nos cuenta la tradición, la Torá, la Biblia, el Corán y los literatos, es el lugar justo donde habitan los demonios. Pero también, donde habita Dios. Por eso los llamados padres del desierto, monjes, ermitaños y anacoretas de los siglos 100 al 400 D. de C. buscaron la fuerza de la soledad del desierto para crecer espiritualmente y luchar contra sus demonios personales. Sí, buscaban paz en la tormenta. Dice uno de los dichos de Abba Serapión, recogido en el libro arriba deletreado: “Busca el silencio. Dios, el cual te dio la lengua, va hablar por tus labios, pero no cuando estés rezongando”. Caray, enseñanza la cual deberían meterse en la sesera los padres y beatas mediáticas como Raúl Vera López y Jackie Campbell.

Los libros enviados a este escritor por el investigador sonorense pero avecindado en México, son de colección. Los aforismos, dichos y enseñanzas de estos padres y santas del desierto, son perlas de oxígeno para nuestra maltrecha alma. Va uno de Teodora de Alejandría: “Aborrece el demasiado dormir, abraza la aspereza en el comer y en el vestir y huye de todo regalo…” Va uno de Abba Poemén: “Dios lo es todo. No digo más.”

LETRAS MINÚSCULAS

¿Cuánto tiempo vamos a permanecer en esta situación de pandemia? Elija su celda y parcela en el desierto. Esta va a ser nuestra morada definitiva…