Un voto por Morena es un voto contra México… Este amigo mío dice que ha dejado de leer libros de ficción, entre ellos los de teología. Ciertamente, reconoce, las obras teológicas son las más imaginativas, las que llevan una carga mayor de fantasía, pero ahora mi amigo está dedicando los últimos años de su vida, cuando aún hay sol en las tapias y en los ojos, a releer las novelas de Dickens, de Balzac, de Tolstoi, de Dostoievski, de Flaubert; libros que no son de ficción, sino de realidad. Ya habrán adivinado mis cuatro lectores que mi amigo es un heterodoxo. Sin embargo es un ortodoxo de la heterodoxia, y guarda todavía con esmero algunas concepciones aprendidas de su madre y de su abuela, lo mismo que del colegio de su infancia. Por ejemplo, mantiene la idea del pecado, que es uno de los primeros conceptos que arrojan por la borda los heterodoxos, igual que los agnósticos o los ateos. Se explica eso: la noción del pecado es muy incómoda. Por ejemplo, si de niño tuviste una educación religiosa y estás ahora con una dama en lecho no consagrado por el matrimonio, escucharás en plena refocilación una ríspida y molesta vocecilla que te dirá con monótona insistencia: “Esto es pecado… Esto es pecado…”. Tal reproche no sólo te hará perder el ritmo, sino además te impedirá disfrutar cabalmente la ocasión. Por eso mi amigo ha elaborado una extraña teoría acerca del pecado. Afirma que el pecado no es la ofensa que se hace a Dios, sino la que se hace al prójimo. Si a nadie causas daño –ni a ti mismo– con alguna acción, ésta no será pecado, por más que los severos canonistas la enuncien como tal. Mi amigo piensa que el Señor vive allá, muy arriba, en el penthouse del Universo, y las travesuras o desmesuras de los hombres no llegan más allá de cierta altura, hasta eso no muy considerable. Pero cuando un ser humano daña a otro, eso sucede acá en la tierra, y entonces sí es pecado por el sufrimiento que provoca o el dolor que a otros causa. Debemos buscar el perdón divino –eso lo enseña la teología–, pero no sin haber buscado antes el perdón humano. Eso lo enseñan tanto la ética como la decencia. El perdón que da el padre en el confesonario vale mucho, mas no tanto como el que da el hermano a quien herimos. Le pregunto a mi amigo: “¿Por qué me dices todo eso?”. Me contesta: “Porque si no vas mañana a votar cometerás pecado grave contra tu país, contra tus conciudadanos y contra ti mismo”. Añade: “La indiferencia es la mayor culpa en que puede incurrir un ciudadano, sobre todo cuando su patria está en peligro. En este momento México afronta el grave riesgo del autoritarismo dictatorial; del caudillismo populista y demagógico; de un gobierno fincado en dogmas y prejuicios anacrónicos, en ocurrencias súbitas, en constantes ataques a la disidencia y a la pluralidad de ideas; en el total despego de la ley y el continuado acoso a las instituciones en que se basan el ejercicio democrático y la libertad. Vayamos mañana a votar contra un régimen así. En este caso el abstencionismo no sólo es un pecado social: es un crimen de lesa patria”. Eso dice mi amigo el heterodoxo, a quien encuentro bastante ortodoxo cuando se trata de defender a este país en que vivimos y que queremos convertir en una casa mejor para nuestros hijos y nuestros nietos. Un país que no sea propiedad de un solo hombre; dominio de un caudillo; sino patrimonio de todos los mexicanos, no divididos por obra de la ambición de poder de un individuo, sino unidos en el amor a México y en la común tarea de buscar en paz, sin odios ni malevolencias, el bien para todos los mexicanos por igual… FIN.