Si somos lo que comemos, como lo dijo el brillante J.A. Brillat Savarin (usted y yo lo hemos explorado varias ocasiones en nuestra cita dominical de gastronomía en estas páginas), también nuestra esencia, nuestra vida misma se refleja en las palabras. Somos lo que hablamos, profetizamos y declaramos de nosotros y del entorno a través de nuestro lenguaje y discurso. En materia política y al abordar en la larga saga de textos sobre “Violencia/inseguridad” el lenguaje violento y bravucón de Andrés Manuel López Obrador pusimos de manifiesto el poder del lenguaje, el cual tiene el poder de crear (una obra de arte, como una buena novela) o tiene el poder de destruir (el lenguaje belicoso de AMLO, Nicolás Maduro, Donald Trump…). La política en honor a la verdad está tan desprestigiada que a pocos ya importa. Claro, debería de ser nuestra sopa cotidiana y mover conciencias, pero de tan engorrosa y ubicua, la gente está atiborrada de ella.

Por ello y no otra cosa, hoy abordaremos desde una óptica cultural, social y –puede ser– antropológica eso llamado lenguaje, palabras, sílabas. La base de la prosa, la buena prosa. Las buenas sílabas. Y es que decir o citar una “sílaba sagrada” tiene que ver con un bello y enigmático dibujo de la cifra “OM”, el cual se aprecia en el “Atharva Veda” de los textos sagrados de la India. Y usted los conoce porque son los agrupados como “de los vedas”, y veda es literalmente “saber”, el saber de las cosas sagradas por excelencia. En una parte de ese texto se lee: “¡Dame, oh Tierra, / la miel de las palabras!”. Verso poderoso donde se anuncia lo que estoy explorando.

Por eso es necesario siempre estudiar las palabras, el lenguaje, las sílabas, ciertas expresiones que diario pronunciamos y las cuales contribuyen a nuestra pobreza intelectual o bien, lo contrario, a nuestro crecimiento y riqueza en todos los órdenes. Incluyendo la bonanza económica. Hay palabras de poder, pero también hay palabras moribundas. Hay frases que modifican el eje del universo (una de ellas, “Y sin embargo, se mueve”), como también hay frases hueras, bobas, tontas, las cuales todo mundo pronuncia y lo conducen a usted o a mí invariablemente a la chabacanería, a la estulticia, a la estupidez, al cadalso mismo. Comenzamos el asedio.

Los regios, por ejemplo, para todo dicen “ocupo”. Hay expresiones sin sentido, van varias de ellas las cuales nos empobrecen como la anterior, pero son usadas por “especialistas”, magos y charlatanes de la “superación personal”, expertos en “comunicación asertiva”, maestros en coaching, doctores con certificación para terapias en “superar pérdidas emocionales”… ¡puf! Es en serio, señor lector. Tal vez hasta usted ya ha tomado algunos de estos “cursos y seminarios” con profetas de la felicidad y superación personal en sólo siete lecciones. Ahora todo es inmediato y opera una cosa llamado “yaísmo”. Ya no lo más rápido posible, sino el “ya”. En este instante.

ESQUINA-BAJAN

Por cierto: ¿ha notado que no son ocho, catorce o 52 lecciones? No, siempre son siete pasos, siete peldaños, siete lecciones; siete días para adelgazar, siete días para hacerse rico, siete… pero usted pregunte de la prosapia de este número, su simbología y su poder eterno, su entramado en obras como “Alicia en el País de las Maravillas” de Lewis Carroll, supuestamente libro para niños; caray, vamos iniciando, pero usted haga estas preguntas y los “expertos” y “motivadores” se quedarán callados de ignorancia. No todos, claro. Avanzamos. Usted habrá escuchado hasta el hartazgo las siguientes frases hueras: “necesitas estar motivado” para que todo te salga bien; “necesitas ser productivo” para que salgas adelante; “échale ganas”…

¿Qué es exactamente “echarle ganas”? ¿Qué entiende usted por ser “competitivo”? ¿Qué es exactamente lo que usted entiende cuando escucha que el celular que va adquirir es “inteligente”? ¿Cuándo un político promete que va a “blindar” su campaña contra el dinero sucio de los narcotraficantes, qué dice exactamente? ¿Qué es ser “adicto” al trabajo; ser adicto a Jesucristo es igual de bueno o malo que ser adicto al alcohol? No poca cosa. Las palabras, ha dicho el sabio ibérico Álex Grijelmo, son entidades vivas. Entes vivos. Vamos a tomar por hoy una sola frase, la cual detesto a más no poder. Es ubicua. Cuando alguien la pronuncia a mi alrededor, inmediatamente cuadro un rompecabezas socioeconómico y, claro, cultural. Por lo general y en un 99 por ciento de los casos doy en el blanco. La frase usted la escucha diario en la fila de las tortillas, en el restaurante y, lo peor, usted escucha que el padre o la madre la espetan como principal recomendación de vida a sus hijos: les dicen hay que “echarle muchas ganas” para salir adelante.

Así de jodidos estamos. Tengo una querida amiga con cuatro hijos (uno de ellos, de padre diferente. Los otros tres, del primer marido). La gran recomendación cuando le escucho hablar con ellos es que “le echen muchas ganas”. Ella los ama, pero su vida ha sido siempre una marea de malas decisiones que la tienen donde la tienen, postrada ante la vida y “echándole muchas ganas”. Los cuatro niños estudian en escuela pública. Bien no van en sus estudios por la vida fracturada que llevan. Cuando le digo a mi amiga que en lugar de “echarle ganas” y decirles que ellos van a ser lo que “ellos quieran” en la vida, ella debería tener listos y al menos 220 mil pesos para la inscripción y primer semestre de colegiatura de sus cuatro hijos cuando lleguen a la universidad. Mire usted, lector, para mí “echarle ganas” en este caso es tener listos al menos para cuatro hijos que quieren ir a carrera, 3.5 millones de pesos para su educación, manutención y enseres menores (el consejo es bíblico, está en Lucas 14:28).

LETRAS MINÚSCULAS

Sin duda, frases hueras, vacías, sin futuro y lo peor, nos empobrecen, nos hacen pobres intelectualmente.