Especial

Esta semana un ciudadano se volvió noticia básicamente por vencer la apatía y es que, haciendo uso de una de las tantas prerrogativas civiles que dizque gozamos, pero rara vez ejercemos –porque “¡qué flojera!”– presentó una iniciativa en el Congreso Local.

Lamentablemente pareciera que a este paisano le hubiese mordido un diputado radioactivo, ya que su propuesta, lejos de resultar interesante –no digamos ya factible o pragmática–, es un disparate inviable (supongo que la transformación completa de este hombre a político se dará en la próxima luna llena o cuando sea la repartición de las curules).

Este buen ciudadano propone proscribir “el reggaetón, trapp, rap y rock metálica –sic– en espacios públicos como (escuelas, centros deportivos) –sic– porque hacen apología del odio y desvalorizan a la mujer” –sic–.

Hemos de felicitar a nuestro paisano (de apellidos Cabello Dueñas) por poner manos a la obra sobre un asunto que le molesta y consterna, además de utilizar para esto la vía adecuada o al menos la que se supone lo es –aunque dicha vía apenas y ha sido pisada–. Y sólo por ello no haremos escarnio de su moción (no mucho), pese a que deja mucho que desear como texto, pero más como una propuesta que pueda ser tomada en serio.

Lo siento mucho, pero la tal iniciativa carece de la más incipiente embarrada de sentido común, pues: 1. Estigmatiza y responsabiliza de un problema social a determinados géneros musicales, que no son sino meras corrientes estilísticas de composición, con características comunes como ritmos, instrumentación, armonías, escalas, etc., pertenecientes a un periodo concreto de la Historia y a una región geográfica específica (el rock, el country, el cha cha chá, la lambada, la techno-cumbia); siendo que al buen ciudadano lo que le irrita y preocupa es el contenido lírico de algunas composiciones concretas del repertorio clásico de los géneros que enlista.

Hay numerosos ejemplos de canciones de rock-metal consideradas en efecto poco edificantes, pero en oposición hay bandas de rock cristiano (que mucho ofenden al Señor de las Tinieblas, pero que el activista en cuestión quizás encontraría irreprochables); lo menciono sólo para hacer hincapié en que no es un asunto de géneros musicales, sino de piezas concretas las que en todo caso (y por sus letras) atentarían contra la moral y las buenas costumbres de quienes se sientan identificados con la propuesta del señor Cabello Dueñas.

Repito, no son los géneros sino piezas específicas las que abruman las buenas conciencias, así que lo que tendrían que elaborar sería un catálogo de canciones vetadas. Pero, ¿saben cómo se verían inscribiendo títulos de rolas en un index prohibitorum? ¡Exacto! Como catedral gótica de tan medieval.

2. Por más estudios que se presenten como anexo a la propuesta, sustentando la idea de que los versos violentos, machistas y misóginos en una canción influyen en el comportamiento de suficientes personas como para considerarse un problema, encontraremos otro estudio que demuestra todo lo contrario. Es de hecho el debate más sobado desde el siglo 20: ¿Nos influyen los medios, la cultura de masas y la industria del entretenimiento al grado de moldearnos en asesinos violadores? Y si la respuesta es afirmativa, tendría que existir también una influencia en la dirección opuesta y hasta el momento nadie –que yo sepa– es Batman todavía (¡gadamadre!).

3. La libre expresión ante todo. Si mucho nos preocupa la niñez, los exhortos deben dirigirse a los padres de familia, no al Congreso. Y aunque considero recomendable que en escuelas y centros públicos se eviten contenidos en los que un ser humano trata a otro cual muñeca inflable, barata y usada, ello es por un sentido del decoro institucional, nada más.

El señor Cabello Dueñas comete un error de principiante, el de tomar las expresiones artísticas como causa y no como efecto, como creadoras y no como creación del momento histórico-social que vivimos.

Yo sé que lo mueve el más honesto afán de hacer de este un mundo mejor y de que la convivencia social sea mucho más tersa. Quizás le preocupa el País donde han de crecer sus hijos, si los tiene, o sólo le duele ver cómo los valores con los que creció y se formó se van al caño. Pero por favor, no caiga en la elemental trampa de la ingenuidad. La música, el arte en general, no tienen responsabilidad ninguna y no tienen los creadores por qué asumir los compromisos derivados de la crianza.

Es muy iluso, muy cándido de verdad, suponer que se pueden erradicar ciertos contenidos específicos de los medios de difusión masiva –incluyendo al internet– para que nuestros retoños jamás se los topen y sus mentecitas vírgenes jamás se corrompan con obras de la inequívoca autoría de Luzbel, como el perreo (que está demostrada como la forma más eficaz que tiene el Maligno de cosechar las almas de las niñas).

Cuando esta ingenuidad alcanza a nuestros gobiernos y representantes, se sublima en su estado más puro y se llama pendejez, y es la que exhibe el senador por Morena, Salomón Jara, quien propone sanciones económicas a quien difunda los contenidos en cuestión, no sólo en la música, sino en cine, radio, televisión, videojuegos… usted nómbrelo. Olvidan que por mentecatos inquisidores como ellos se inventó la metáfora y el doble sentido, para seguir diciendo lo que se quiere decir sin exponerse a la picota. Y ya cuando un régimen intenta imponernos su moralidad (su moralina) entonces sí, que san Francisco Franco nos agarre confesados.

Originalmente, pretendía con estas reflexiones abordar cómo AMLO nos quiere chamaquear con ese peligroso embuste de una moralidad de Estado, pero por razones de espacio tendrá que ser en una entrega próxima.

El caso es que no podemos despojar al cine, ni a la música, ni mucho menos a la literatura de la violencia, de los mensajes de odio, del machismo, de la xenofobia, del racismo, del clasismo y todas las formas de “cabroncismo” que nos distinguen como especie. No podemos, cierto, pero la buena noticia es que no tenemos que hacerlo.

No hay necesidad cuando uno se ocupa de discutir en casa sobre arte y contenidos, cuando se alienta el debate sobre lo bello contra lo ordinario, lo profundo contra lo vulgar o la gratificación fácil contra la intelectualidad.

Podemos transformar el mundo, sí, pero no en el sentido en que el aludido ciudadano pretende. Pero mejor aún, podemos en cambio transformar la manera en que asimilamos e interpretamos al mundo, es mucho más realista y mucho más redituable.

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