Ilustración: Vanguardia/Alejandro Medina

Mary Lucio, exalumna de Historia, me propuso que escriba una reflexión sobre la carta del Presidente al Rey de España para que en 2021, aniversario de la conquista de Tenochtitlan, pida perdón a los indígenas por los agravios cometidos durante la era colonial. Al Papa le solicita lo mismo por las culpas de la Iglesia. Empiezo aclarando que es correcto decir “pedir disculpas” pues mucha gente cree que es erróneo, pero no lo es. Proponen la frase “ofrecer disculpas”.

Trato el tema de manera directa en mi último libro: “Los Bárbaros, el Rey, la Iglesia. Los Nómadas del Noreste de la Nueva España frente al Estado Español”. Hablo muy mal de los españoles de la época, pero siempre citando manuscritos redactados por ellos mismos. Por desgracia casi no encontré escritos de los indígenas en los cuales descubrir sus sentires. Recogí no pocas palabras y discursos que hicieron frente a un juez cuando eran juzgados por delitos. Entonces mi condena a los españoles estaba sostenida en sus propias palabras. Y debo aclarar que también cito a españoles que defendieron con fuerza a los indios nómadas de nuestro noreste. Así que no recogí sólo agravios; también actos heroicos de gente que representaba al monarca.

Aclaro que no recurro a la leyenda negra antihispana sostenida y difundida por sus enemigos: Inglaterra, Francia y Holanda. Entrego datos, pero no datos sueltos sino entrelazados, analizados, comparados y situados en su contexto. Coseché documentos en 26 archivos nacionales y extranjeros. Un ejemplo: las Cartas Anuas de los jesuitas de Parras y San Pedro están en Roma. Por sus palabras nos enteramos de no pocas felonías de miembros de la Compañía de Jesús contra los indios laguneros. No generalizo: hubo jesuitas bondadosos, generosos… En mi libro muestro que los grandes defensores de los indios norteños fueron dos obispos.

Si rechazo la “leyenda negra” por injusta, rechazo asimismo la “leyenda blanca” de la Madre Patria por ser igualmente injusta. Si uno hace historia lo que busca es la verdad del pasado y nunca un discurso que se acomode a determinado momento político, a un deseo reivindicatorio u otro pretexto personal o grupal, aunque éste sea el nacionalismo. No quita que los españoles exterminaron a los indios de esta gran región, tan grande como la Península Ibérica.

Aunque mi libro se circunscribía al periodo virreinal, no perdí la oportunidad de aclarar que los mexicanos fueron tan crueles como los hispanos. El gobernador coahuilense Cordero ordenó, de su puño y letra, “pasar a cuchillo” a 13 familias de mezcaleros. Otro gobernador estúpido declaró a fines del Siglo 19 que su principal objetivo era acabar con los indios. Porfirio Díaz vendió mayas y yaquis a Cuba como esclavos. Álvaro Obregón envió un contingente yaqui al Sáhara a combatir a los rifeños para ayudar al rey de España a destruirlos (y allá los abandonó). Y no me diga que Salinas de Gortari, De la Madrid o Peña Nieto no maltrataron indígenas. Echeverría robó el agua del río Yaqui a los yaquis y la Isla Tiburón a los seris.

¿Quién debe pedir perdón? Los asesinos, los responsables. Para los desaparecidos en Coahuila: Felipe Calderón, los exgobernadores, los banqueros, el Ejército, Fuerza Coahuila y todos los burócratas que los ayudaron o guardaron silencio.

¿Quién debe o puede perdonar? Nada más los ofendidos. Ahora bien, en el caso de los indios nómadas, todos ellos están muertos, ¿será que desde el Cielo podrán otorgar el perdón a los españoles y mexicanos? El filósofo Jacques Derrida, judío, escribió que los judíos muertos en el Holocausto están muertos y que los judíos vivos no tienen ese derecho. Otro filósofo agraviado, Vladimir Jankélévitch, escribió con gran pasión que los alemanes son imperdonables. Condenó al pueblo alemán y no nada más a Hitler y a los nazis. Fray Bartolomé de las Casas manifestó, en 1548, al gran emperador Carlos V que los españoles no podrían ser perdonados sino hasta que regresaran a América todo lo que habían robado. Así que hay mucha tela de donde cortar.

Me apena decirlo, pero creo que Andrés Manuel se extralimitó. También su señora.