“Mucho cuidado con lo que haces afuera de esta puerta”, decía mi abuela cuando iba una a salir de la casa para cualquier pendiente, sobre todo cuando íbamos con amigas o cuando ella no sabía a dónde íbamos; “recuerda siempre de quién eres hija y los apellidos que llevas”, sentenciaba amenazante.

Y es que tener a un papá que trabajaba con el gobernador de Nuevo León, no era tarea fácil para mí.

Mi reputación, mi nombre y mis apellidos, siempre serían el aval de mi vida, me advirtió y me hizo ver mi abuela en mis años mozos de adolescente.

La sabiduría y la sapiencia de la mujer que me educó me formarían el carácter por el resto de mi vida.

A falta de padres presentes en los principales años de mi educación media y universitaria, fue mi abuela Herminia, madre de mi papá, quien me inculcó los más grandes valores de un ser humano, y no sólo lo hizo de palabra, también lo cimentó con el ejemplo.

Mi abuela solía ser muy especial cuando se trataba del hecho de ser mujer. Para ella, las mujeres teníamos que estar en casa, no teníamos por qué andar en la calle ni mucho menos metidas en casa de nadie. Decía que la “vecindad” y la vagancia, sólo servían para alimentar el chisme, y ella no quería vernos envueltas en chismes de nadie.

Y lo logró.

Nos convenció a mi hermana y a mí a no andar metidas en las casas de vecinas, de amigas y ni siquiera de familiares.

Era muy sigilosa para las actitudes y muy cuidadosa con la reputación.

Nos enseñó a bordar, a tejer, a cocinar, a limpiar la casa como espejo, a lavar de rodillas los azulejos del baño, a guisar delicioso para “el marido” y para la familia. Nos alimentó con el ejemplo que el tiempo es muy valioso, pues cuidadito con que yo me pusiera a ver la televisión y mostrara que no tenía nada qué hacer, porque se paraba frente a mí y la televisión y simplemente decía: ¿Ah, no tienes nada qué hacer? ¡Espérame tantito! Y se iba a la cocina y traía kilos y kilos de granos para limpiar. Y ponía frente a mí toda la comida y decía: Ándale, aquí hay dos kilos de frijoles para limpiar, y de pasadita también limpias los frijoles, las habas, las lentejas, el arroz y me llenas estos frascos con todo esto, y les pones etiqueta y ya cuando termines…¡Pero abuela, estoy viendo la tele!, ¿qué tiene de malo eso?, preguntaba yo toda rebelde, “No, pues no tiene nada de malo, mijita, nada más que mientras ves la tele, límpiame todo esto y ya cuando acabes, pues te pones a hacer la tarea, ¿sale? Por cierto, ¿ya hiciste los dobladillos que te encargué?, ¿pegaste los botones de las camisas de tus hermanos?...”.

Así que en casa, ser mujer, ordenada, limpia, pulcra, decente, trabajadora, acomedida, hacendosa,  etc, no era una opción, ¡era una obligación y sanseacabó!

En cuanto a mentir… Mentir o robar… ¿Sabe usted lo que es ser hija de un militar?, ¿de los militares de antes? ¡No, pues es que usted ni se imagina! ¿Robar yo?, ¿mentir cuando éramos niños? ¡No sabe cómo me iba si se me ocurría –nomás como ocurrencia- mentir!

¡El amenazante y eficiente cinturón de mi papá surgía efecto!, ¡vaya que sí!

Porque mire usted, si a uno de mis hermanos se les ocurría mentir –de niños- o robarle un peso ¡un peso!, del monedero a mi mamá, noooo, para qué le cuento, ¡hasta nos formaba mi papá con el cinturón en la mano para darnos a uno por uno! Y claro, yo salía siempre en mi defensa alegando que “yo no fui”, “yo no lo hice”, “fue mi hermano”, “a mí que me registren” y bueno, así era la cosa en casa cuando éramos niños…

Por eso, en recientes fechas, el Capitán Arroyo, padre mío, dijo con enorme simplicidad: “Podrán decir de mí lo que quieran, que fui estricto, exigente, disciplinado y mandón, pero ninguno de mis hijos roba, ni miente, ni están en el penal”.

Y tiene razón. Tuvo razón y siempre la tendrá.

Usted sabe, la educación de antes, con chirrión, con fuete en los ranchos, con nalgada en la casa surtían efecto. Y en la escuela uf, no se diga, el reglazo y el borradorazo en la manos ¡eran pero que si bien eficientes! ¿El jalón de patillas para los niños mentirosos o mal portados? ¡Carajo, no fallaban!

Sí, yo también soy maestra, y desde luego que no acudo a semejantes medidas de disciplina, ¡pero viera qué difícil es hoy ser maestra con tanto huerco mal portado, impuntual y contestón!

Pero ese es otro tema.

Yo le comento aquí sobre la educación estricta que debe venir de casa porque a mí me parece que a Peña Nieto le hizo falta tener un papá como el mío y una abuela como la mía.

Claro que, conociendo la “vocación” de los políticos en México, pues francamente creo que si Enrique Peña Nieto hubiese tenido un padre como el mío o una abuela tan estricta como la que yo tuve, pues simple y llanamente, no sería Presidente de México.

Sobre el escándalo que ha producido la nota de Aristegui Noticias en cuanto a que Peña Nieto plagió 197 párrafos de los 682 de su tesis para titularse como abogado, yo le puedo decir que no solamente se puso en entre dicho la ya pobre reputación del Presidente mexicano, sino de la mismísima Universidad Panamericana que otorgó este título y también de los asesores de la tesis en sí.

¿Un Mandatario que mentía y plagiaba desde joven? Ya no es noticia en México.

¿Un político que tiene “mañas” y que le dio un puestazo al asesor de su tesis, el doctor en Derecho Eduardo Alfonso Guerrero Martínez, actual magistrado del Poder Judicial de la Ciudad de México? Tampoco es noticia.

¿Una tramposada (disculpe usted la palabra inventada) del Mandatario cuando era joven?, ¿aunado a las tramposadas de quitarle el derecho al voto a un ciudadano si no pertenece a algún partido?, ¿aunado al escándalo de la “casa blanca” y que luego anda pidiendo disculpas y ya porque pide disculpas lo vamos a perdonar?

No, señor. El tramposo siempre será tramposo, al igual que el mentiroso, el ratero, el corrupto, el misógino, el macho, el abusivo, el infiel, etc.

De que los hay los hay.

Y, casualmente, en México, muchas de estas “cualidades” son las que poseen muchos de los funcionarios, diputados, senadores, gobernadores y políticos en general en México.

Inclusive, algunos empresarios “destacados” en nuestro país, también son famosos por poseer dichas “cualidades” hacia el interior y el exterior de sus empresas…

Estamos llenos de corruptos, mentirosos y abusivos en el poder. ¡Y estamos hasta el copete de todos ellos!

Pero lo más grave que me resuena en la cabeza, tras enterarme de las trampas de Peña Nieto es:

¿Y ahora qué les voy a decir a mis alumnos?, ¿cómo les digo que no se debe hacer trampa, que no se deben copiar?, si el mismísimo Presidente de México logró ser presidente, con todo y mañas…

Sí, mis alumnos me van a echar en cara que si Peña lo hizo, ¿por qué ellos no?

Pero es como cuando pedíamos permiso para ir a un baile, y me ponía una minifalda con botitas que estaba muy de moda en los 80’: “No vas porque no vas. ¡O te cambias esa falda que no deja nada a la imaginación o no vas! ¡Punto! Pero es que todas mis amigas van a ir en minis, ¿qué tiene de malo? ¡A mí no me importa la reputación de tus amigas, me importas tú!

Y así, queriendo ser como los demás, queriendo igualar a los demás, que a los demás sí les daban permiso, que el amigo fulano de tal chocó el carro de su papá y para evitar más contrariedades su papá “lo premió” regalándole un carro nuevo para el chamaco y otro para él…

De jóvenes buscamos ejemplos, buscamos igualar, buscamos modas, actitudes, imitamos y cometemos estupideces, tratando de ser aceptados entre los amigos y hasta en la familia.

Y sin embargo la felicidad la encuentras por fin cuando decides ser tú, aceptarte, ser como tú quieres, y porque sí.

Mis alumnos me podrán decir misa, pero siempre habrán normas, disciplina, enseñanza, mano firme con una mano y mano suave con la otra, pues porque sí, y es que estos huercos no dejan de ser como los hijos, carambas.

Y si me dicen algo “que Peña sí, que no sé qué”, pues simplemente les diré como decía mi abuela: ¡Peña me vale un pepino, me importa usted y su reputación, porque de pasadita, va la mía y la de esta universidad!

Le cuento, con aquella mano firme de mi abuela, por supuesto que las minifaldas se acabaron cuando me casé. Ni una más, nunca más.

Porque lo interno, lo que aprendes en casa, todo aquello que conllevaba a un castigo per se, quedan grabados en tu memoria, en tu ser, en tus virtudes y hasta en tus virtudes que para los demás podrían ser defectos, como el no acostumbrar a meterte en la casa de ningún vecino para nada.

A Peña Nieto –y a muchos políticos- les hizo falta un papá como el que tuve yo. Una abuela muy estricta quien señalaba constantemente que el principal aval de un ser humano, para su honra y su futuro, es cuidar su nombre y su apellido para toda su vida.

Mi abuela tenía razón, tu nombre y apellidos pueden significar algo para los demás y, sin quererlo, para tu bien o para tu mal, serán un aval para tus hijos.

Yo no soy quién para hablar de moral y de buenas normas, sociales o familiares, estrictas o disciplinadas. De los políticos ya no me asombra nada y una amiga dice que eso ya no es noticia y ni para qué escribir sobre tema del copión de Peña Nieto.

Si entre todos tus males el ser copión es el menor, entonces seguramente que a Peña ni le va ni le viene lo que los demás podamos escribir sobre él y sus actos.

Lo que sí puedo garantizar es que cuando un político, un ser humano cualquiera, tiene una enorme trayectoria de actos corruptos, de porquerías, y cree que los demás no lo sabemos o se revela lo que ha hecho, tu nombre y tus apellidos pasan a ser un sinónimo de desvergüenza y de vergüenza para tu familia.

Si algún día creyeron, estos hombres, que al nombrarlos, sus hijos se sentirían orgullosos de ellos, porque alguna vez estuvieron en el poder y tuvieron fama y dinero, están equivocados.

Lo que han hecho con sus actos es que sus hijos, nietos, etc, sentirán pena algún día por decir de quién son hijos, de quién son nietos, sabiendo que cuando mencionen a su afamado padre o abuelo, éstos agacharán la cabeza, esperando mínimamente un comentario como “¿En serio eres hijo de fulano de tal? Híjole, que penita, ¿eh?”…

Se lo firmo, eso es lo menos que sucederá.

“Cuida tu nombre y tus apellidos, siempre serán tu aval para tu futuro”.

Mi abuela, tenía razón.

Mi padre, y su cinturón, también.