En lo que todo mundo reconoce como una historia de éxito, a pesar de la turbulenta historia política, el País se consolidó en 2016 como la economía número 11 en términos de su Producto Interno Bruto. Las políticas orientadas a fomentar la exportación fueron un factor clave para la transformación lograda. Ahora es uno de los 10 principales países exportadores del mundo y sus exportaciones representan alrededor del 40 por ciento de su PIB. El aumento en comercio exterior y en industrialización fue también resultado de una mejora sustancial en el ambiente para hacer negocios y de políticas que incentivaron la inversión en innovación. Por ejemplo, en los rankings del Banco Mundial aparece muy arriba en temas como “facilidad para empezar y hacer negocios”; “posibilidad de hacer cumplir contratos”; “reglas para solucionar problemas de insolvencia”. El País tiene uno de los montos más altos de inversión en investigación y desarrollo como porcentaje de su PIB, incluso por encima de Japón y Estados Unidos.

Corea del Sur es uno de los países que implementaron políticas económicas exitosas y han dejado a países más grandes y con mayores recursos naturales –como México– atrás. De acuerdo con datos del Banco Mundial, en 1960 Corea del Sur tenía un PIB per cápita (en dólares constantes de 2010) de apenas el 25 por ciento del de México. Para 1980 había llegado a cerca del 50 por ciento. En 1988 ese número se emparejó en alrededor de 7 mil dólares anuales. En 2017, el PIB per cápita de Corea del Sur era 2.6 veces mayor que el de México (26 mil dólares vs. 10 mil dólares) y ese número sólo ha aumentado en los últimos tres años.

Parece que tratar de entender por qué a Corea del Sur le fue mucho mejor que a México estos últimos 30 años es un ejercicio muy poco viable para quienes mandan hoy, especialmente en épocas en que las prioridades de un País se enfocan en implementar una transformación nacional casi legendaria (la 4T le decían cuando tenían la mira muy alta), que está basada en fabricar una “caja china” cada semana para así hablar de todo menos de lo que se debe hablar. Por eso es que de pronto el Presidente quiere hacernos pensar que el crecimiento económico no es necesario para elevar el bienestar; por eso insiste en señalar diariamente a sus “adversarios”; en rifar un avión sin avión; en hacer estudios acerca de opiniones negativas que columnistas tienen sobre el Presidente; en decretar que la corrupción se acabó mágicamente; en organizar consultas populares (¿o populistas?) para cumplir y hacer cumplir la ley existente; en mandar a la doña a Austria para traer el penacho de Moctezuma; o en echar a andar la madre de todas las batallas contra el enemigo número uno de los mexicanos: el queso.

El rezago que ha sufrido el País estos últimos 30 años no es responsabilidad del gobierno de AMLO. Solamente los últimos dos años hay que cargárselos a la 4T, con o sin COVID-19. Los países que han logrado salir del atraso no se hubieran dado el lujo de organizar una rifa o emprender una batalla contra Filadelfia, el queso, no la ciudad. Cualquier persona razonable pensaría que un gobierno que pretende transformar un país tendría prisa (como AMLO mismo lo dijo desde su campaña) en hacer las cosas rápido y bien, enfocando esfuerzos en lo importante. Sin embargo, fuera de buenas intenciones y de los programas de apoyo directo a adultos mayores y a grupos vulnerables, que cayeron en buen momento ante la crisis desatada por la 4T y después por la (otra) pandemia, hay muy poco que aplaudirle a la 4T. Los avances son minúsculos y, a casi dos años de gobierno, prácticamente todas las estadísticas económicas relevantes para el bienestar de la población muestran un severo retroceso. No importa qué metodología alternativa estén cocinando en el equipo del Presidente para medir el bienestar, el saldo es tristemente negativo y sólo exacerbado por el virus. La pobreza y el desempleo aumentan, las inversiones no fluyen porque las señales del gobierno son normalmente negativas. Algún día el virus dejará de ser el escudo de la ineptitud y la improvisación. Aun así, el Presidente y sus fieles seguidores creen que es un logro propio que las remesas de paisanos suban o que la justicia americana sea la única haciendo algo por atacar la corrupción en México. No les da pena decir que múltiples casos de alto perfil de políticos o exfuncionarios arrestados en Estados Unidos ni siquiera tenían una infracción de parquímetro en México. No, lo relevante para ellos es armar una consulta para después ver si es razonable o no aplicar la maldita ley que ya existe y que les autoriza a hacer lo que están consultando. Parece que lo que falta es voluntad. Mientras, Corea del Sur no detiene su progreso y, como dato curioso, desde 1995 han arrestado a cuatro expresidentes sin consultar al pueblo bueno.

José De Nigris Felán

Columna: En tr3s y do2