Las contradicciones naturales del sistema económico afectan paulatinamente la presencia e influencia de Estados Unidos en el mundo, en especial en el lejano Oriente asiático; ejemplo de esto son los diferendos con Corea del Norte sobre armamento nuclear.

Después de declaraciones negativas entre ambas partes, el pasado 12 de junio se en Singapur se organizó una histórica reunión entre Donald Trump y el líder norcoreano Kim Jong-un, donde se acordó iniciar la desnuclearización de toda la península coreana, para eliminar las restricciones económicas impuestas a Corea del Norte por el presidente estadounidense.

Posteriormente, el 19 de septiembre se desarrolló también un reunión cumbre entre los líderes de las dos Coreas, Jong-un y el presidente norcoreano Moon Jae-in, iniciándose las pláticas para desmantelar el arsenal atómico del norte para acordar una paz permanente, a 65 años del “cese de hostilidades”, firmado después de tres años de conflicto armado (1951-1953), al inicio de la guerra fría entre los bloques socialista y capitalista.

Lo que la diplomacia norteamericana no previó o su sistema de inteligencia no descubrió fue la estrategia de China detrás de estos positivos acercamientos. La expansión mundial del gigante  asiático, y en especial en Asia, es un plan estratégico diseñado desde los años setenta del siglo pasado, posterior a la muerte de Mao Tse Tung y con la llegada al poder de Deng Ziao Ping, quien inició la modernización económica y reconoció la necesidad de impulsar las fuerzas productivas y el mercado para satisfacer las necesidades de 700 millones de chinos en ese entonces.

En efecto, a pesar de las diferencias, en junio de 2015 los chinos firmaron un acuerdo de libre comercio con Corea del Sur; asimismo, el presidente chino Xi Jinping ha tenido varias reuniones con el primer ministro japonés Shinzó Abe para fortalecer el intercambio comercial y reestablecer las deterioradas relaciones políticas; de igual manera con el presidente vietnamita Chu Tich Nuo.

Precisamente,  China promueve el Foro de Cooperación Económica Asia Pacífico que ya cuenta con un fondo bancario de 50 mil millones de dólares (la mayor parte aportada por Pekín) para desarrollar infraestructura en los 20 países firmantes. Por otra parte impulsa la Organización de Cooperación de Shangai, que agrupa a Rusia, China, India, Irán, Paquistán y Afganistán, a la mayoría de las repúblicas ex-soviéticas y otras 23 naciones de la región. Añádase la estrecha relación entre Jinping y Vladimir Putin, quienes como jefes de Estado en los últimos años han firmado sólidos acuerdos económicos y militares y construyen ya la nueva ruta de la seda que atravesaría Asia, Medio Oriente y llegaría al mediterráneo para incursionar en África del norte y Europa.

Comentarios aparte merecen las cada vez más estrechas relaciones económicas y de cooperación de Pekín con África, que en 2014 el intercambio comercial con el continente ascendió a 222 mil millones de dólares,  y con América Latina, con 263.6 mmdd de intercambio en el mismo año. 

Las más recientes declaraciones negativas de Trump respecto a su homólogo norcoreano Jong-un se 
aprecian como si ahora no sea necesaria la paz en el lejano oriente, como si sus asesores ya se percataron que la desnuclearización de la península coreana eliminaría toda justificación de su presencia militar en esa región, máxime si en Japón se fortalece un movimiento político-social que exige el desmantelamiento de las bases militares estadounidenses en ese país.

Con sus planes de expansión política, económica y militar, para China es necesario neutralizar la presencia estadounidense en su región de influencia natural, de ahí el respaldo económico, político y militar a su delfín y aliado histórico Corea del Norte; si los coreanos del norte desmantelan su armamento nuclear no hay problema, cerca de sus fronteras están los misiles chinos.

La guerra comercial y arancelaria norteamericana contra el mundo, pero en especial con Pekín, tiene una doble connotación: primero atenuar los resultados negativos de la globalización en la ocupación y el ingreso agregado, para elevar el bienestar de su población;  y segundo tratar, hasta donde sea posible, de contener la expansión imperial del gigante asiático. Asunto que se observa difícil en esta transición hacia un mundo multipolar, en la cual el eje central será China, “la mano que mece la cuna”.