Don Cuco era mi papá. Poseía gran ingenio y sentido del humor. Un día, llegó a casa cuando yo veía el final de La Traviata. Me preguntó cuál era la trama de aquella ópera. Traté de resumir el argumento desde el principio hasta el momento en el que Violetta, consumida ya por la tuberculosis, canta el aria Addio del passato. Mi papá permaneció atento, y cuando Teresa Stratas abordo con apasionamiento la frase Ah! Tutto, tutto fini, intervino don Cuco con su voz contundente: ¡Mira, mira! Muriéndose, pero cante y cante.

La ópera es un mundo absurdo rodeado por una atmósfera de música, cuyos habitantes tienen al canto por lenguaje. Podemos hablar de ella como una aleación artística en la que se funden el poder sugestivo de la representación escénica, la precisión comunicativa del lenguaje y la facultad expresiva de la música. ¿Pero, de combinar aquellas cosas que son muy potentes resultará una potencia mayor, o de mezclar todo lo que es deleitoso obtendremos mayor deleite? No, definitivamente. 

En 1993, los artistas Vitaly Komar y Alexander Melamid realizaron un estudio para determinar las preferencias artísticas —en términos visuales— de los habitantes de diez países distintos. Basados en los resultados de las encuestas aplicadas en Estados Unidos, elaboraron su America’s most wanted, cuadro en el que aparecen, en el fondo, montañas azules enmarcadas por un cielo también azul poblado de nubes; hay un lago que se ve recortado por la izquierda por una colina rebosante de verde; al frente domina un pastizal amarillento de suaves ondulaciones habitado por algunos árboles de copa baja, en el cual se pasean tres niños con ropa de verano; cerca de ellos, George Washington, y tras él un hipopótamo con las fauces abiertas. 

Cada uno de los elementos del America’s most wanted es algo que a los estadounidenses les complace ver representado, pero eso no significa que el cuadro que los reúna a todos sea el más bello. Un experimento análogo en el arte culinario mexicano podría terminar en un platillo compuesto por tacos de capirotada en mole con arroz con leche y frijol como guarnición, todo ello servido con agua de horchata con mezcal, y para el postre, cecina garapiñada. 

Desde luego, la frase de don Cuco era sarcástica, pero en ella exhibió con maestría el absurdo de la ópera. Y es que el teatro cantado es una mezcla inverosímil que, sin embargo, logró el arraigo en nuestros ideales estéticos. Nadie anda por la vida cantando sobre atmósferas de música todo aquello que quiere comunicar; no obstante, al internarse en la ficción y aceptar las convenciones de la realidad operística, el espectador puede resultar gratamente afectado y conmovido.

La combinación de la música, la poesía y el teatro no se dio a partir de la idea de juntar tres mundos artísticos de gran encanto, sino de un proceso de experimentos estéticos realizados a través de los siglos, en los cuales los creadores y el público establecieron las reglas del juego, propiciando la solidificación de las formas más satisfactorias para nuestros anhelos de belleza. La ópera es una de esas formas. 

Un día, al salir de la primaria, un amigo de cuyo nombre me acuerdo, pero que no diré por prudencia, me confesó: voy a pedirle a Astrid que sea mi novia, pero lo haré cantando. Comenzó luego a darme un ejemplo de su salmodia amorosa, y yo sentí que los colores se me exaltaban: mi umbral infantil del ridículo era muy bajo, así que lo disuadí de la idea. ¿Quién diría que, años después, mi oficio sería precisamente el absurdo del decir cantando? 

Tal vez aquella tarde yo acabé con una gran historia de amor. Tal vez no tuve el ingenio sarcástico de don Cuco. Tal vez hubiera sido mejor, en lugar de manifestar mi reprobación radical, haber dicho simplemente: ¡Mira, mira! Muriendo de amor, pero cante y cante.