En el baile del club nudista las cosas se pusieron muy agitadas. Después hubo un banquete, y el director se levantó para ofrecer el ágape. Empezó por decir: “Siento una extraña sensación al dirigirme a ustedes”. Su esposa le informó en voz baja: “Es que metiste aquello en la ponchera”… Himenia Camafría, madura señorita soltera, le contó a su amiguita Solicia Sinpitier, célibe como ella: “Invité a don Minucio a merendar en casa, y cuando lo despedí en la puerta me robó un beso”. “No doy crédito –replicó Solicia, que a más de escéptica era comerciante–. Tú eres muy alta de estatura, y don Minucio no levanta del suelo un metro y medio”. “Bueno –se ruborizó la señorita Himenia–. Quizá me agaché un poco”… En el primer día de su luna de miel, la ávida novia hizo que su flamante maridito le demostrara su amor 12 veces en 24 horas. Para cualquier varón que no disponga de las miríficas aguas de Saltillo, eso es una dura prueba capaz de ablandar al hombre más fornido. El pobre muchacho quedó, en efecto, exhausto, exánime, exangüe y extenuado, si bien no necesariamente en ese orden. Aun así, la inapagable chica le pidió anhelosa: “¡Otra vez, papito!”. “Pero, mi vida –acertó él a decir con feble voz–. Ya van 12. Una más y serían 13”. Preguntó ella en tono de reproche: “¿Y acaso eres supersticioso?”… A la prima Celia Rima, poetisa de fin de semana, se le ocurrió un comentario epigramático a propósito de la declaración según la cual nuestro Gobierno ya tiene un plan para tratar con Trump. Dicen así los versillos de la prima: “Según pública opinión / que entre la gente persiste / el citado plan consiste / en bajarse el pantalón”. Mordaz quizás en extremo es el epigrama que he transcrito, pero don Cipriano Briones Puebla, maestro mío de periodismo, decía que el buen epigrama debe morder y arrancar el pedazo. No cabe duda de que la autora de esa caústica cuarteta recogió la voz popular. Los mexicanos no queremos que en la relación con el odioso individuo que ocupa ahora la Casa Blanca, nuestro Gobierno actúe con debilidad, y menos aún con servilismo. Se puede, sí, negociar el Tratado de Libre Comercio –los tratados son para negociarse–, pero en lo relativo al proclamado muro, la estúpida pretensión de Trump de que México lo pague debe ser objeto de absoluto rechazo. En eso ni un paso atrás, sean cuales fueren las consecuencias de nuestra negativa. Y lo mismo en lo atinente a la protección de nuestros paisanos indocumentados, que no deben quedar sujetos al capricho del magnate. La defensa de la soberanía y  dignidad de la Nación está por encima de todo. Si al tratar con Trump el presidente Peña y sus representantes dejan de lado esos supremos valores, la ciudadanía les reprochará con energía su falta de patriotismo y entereza… Don Martiriano, el sufrido esposo de doña Jodoncia, iba por la calle sangrando profusamente por nariz y boca. Se lo topó un vecino que al verlo en esas condiciones exclamó alarmado: “¡Qué barbaridad, don Marti! ¡Mire usted cómo va! ¡Déjeme llevarlo a su casa!”. Gimió don Martiriano: “¡De ahí vengo!”… Una amiga de doña Macalota, la esposa de don Chinguetas, le preguntó, curiosa: “¿Cuántas veces al mes te hace el amor tu marido?”. Respondió ella: “Me lo hace una vez al año”. “¡Una vez al año! –se escandalizó la amiga–. ¡Esa es una terrible falta de consideración!”. “Ni tanto –replicó doña Macalota-. Una vez al año como quiera la puedes tolerar”… La hija de don Poseidón fue del rancho a la ciudad a cursar la secundaria. La esposa del labriego le informó a su marido: “Ya matricularon a Bucolia”. “¡Santo Cielo! –palideció don Poseidón–. ¡Te dije que algo malo le iba a suceder allá!”… FIN.